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Capítulo 2

Parte 1

El ruido de la llave en la cerradura y la puerta de la casa abriéndose devuelven a Raquel a la realidad. Estaba esperando la llegada de su madre, gira la cabeza y la ve entrar. Una mujer con un atractivo natural madurado con el paso de los años aparece en la habitación. Raquel se retira de la ventana, se acerca a ella y la besa, le ayuda a ponerse cómoda, a guardar el contenido de las bolsas de compras con las que viene cargada. Entre las dos preparan una cena ligera, una ensalada de lechuga, tomate, pasta y atún.

Durante la cena comentan lo alegres que están las calles con la cercanía de la Navidad.  A María, su madre, le parece que las luces las ponen cada vez más pronto, lo que le produce al final un cierto agotamiento. Terminada la cena Raquel corre a su habitación, Pedro estará a punto de llegar, es la hora en la que suele venir a buscarla.

Abajo en la calle la ciudad aún no duerme, suena el interfono, Pedro espera en el portal a que baje Raquel. Ha sido un día de mucho trabajo, siempre suele terminar tarde, trabaja con un grupo de amigos que terminaron juntos la carrera de sociología, y se dedican a ofrecer a empresas estrategias para mejorar el ambiente de trabajo. Él suele ser el que se queda a redactar los proyectos, a dar el último retoque a las presentaciones que llevarán a las reuniones concertadas para el próximo día, por eso suele ser quien cierra la oficina.

En estos días, Pedro recorre las calles contemplando las luces que las adornan calles con un punto de tristeza, le recuerdan a su padre, trabajaba de operario para el ayuntamiento, y un año, una vez colocadas las luces, haciendo una comprobación de rutina recibió una descarga y cayó al suelo. Le produjo una leve desviación de las vértebras lumbares, suficiente para que tuviese que ir en silla de ruedas el resto de su vida. Falleció cuando él tenía 7 años.

Se enciende la luz del portal y ve salir a Raquel del ascensor, como siempre guapísima. Hoy lleva el bolso que le regaló en su último cumpleaños, aún no lo había estrenado, a Raquel le gustaba vestir acorde a los complementos que llevaba, y hace unos días había encontrado unos zapatos y un pañuelo acordes a los colores y estampado del bolso; era muy exigente con su imagen, siempre lucía una elegancia sobria, nunca pasaba desapercibida. Se saludan con un par de besos y un tierno abrazo, y al calor de los cuerpos una sonrisa les ilumina el rostro. Echan a andar entre la gente y Pedro la escucha atentamente. Raquel es una mujer alegre, trabaja en una la librería de la familia, lo que le ha permitido leer mucho, conocer y conversar relajadamente con mucha gente, ha aprendido a observar a las personas que entran, a intuir sus gustos, y sus consejos suelen ser bien recibidos, por eso tiene una clientela muy fiel. Antes de conocerla, Pedro no era muy aficionado a la lectura, pero con ella ha aprendido a disfrutar de un buen libro. Mientras caminan se cuentan cómo les ha ido el día, y surge con la conversación una terapia que les reconforta, transformando lo que había sido un duro día de trabajo, en una sucesión de acontecimientos mágicos. En sus paseos la vida que se cuentan no se parece a la vivida, y no deja de ser la misma.

Mientras paseaban, Raquel miraba a los ojos a Pedro, y se preguntaba cómo reaccionaría cuando leyese la historia que estaba escribiendo y se descubriese trasladado a un mundo de ficción, rodeado de personas que le eran conocidas, pero que se mueven en un universo alternativo. Pedro sabía de lo ilusionada que estaba Raquel inmersa en esa aventura y quería ser el primero en leerla.

María, la madre de Raquel aprovecha que se ha quedado sola en casa para llamar a su madre, como cada noche. Al otro lado del teléfono una voz dulce le contesta, estaba esperando la llamada. El padre está cerca de cumplir 90 años, lleva unos días pachucho, es diabético y el riñón no termina de trabajar como debiera. Hacen planes para las próximas Navidades, porque a pesar de los achaques ninguno quiere rendirse, y esperan reunirse en las comidas y cenas habituales de estas fechas. Se reunirán en la casita que conservan en la sierra sus abuelos, en un pueblecito de casas bajas forradas de piedra llamado Villares de Arriba, donde las noches se cubren de un manto de estrellas frente al que las luces de Navidad palidecen. Ramón, el hermano de María, acudirá como cada año el día de Navidad. Ana, la hija pequeña de Ramón ya da sus primeros pasos, y será un gozo verla andar con los brazos en alto buscando alguien que la recoja ante un posible traspiés. A Raúl, el hijo mayor de Ramón, con 7 años, ya no le gustan mucho los besos, y en el primer contacto busca refugio tras su madre. Este año presentarán a Pedro a la familia.

Lucía, la mujer de Ramón es de una tradicional familia de panaderos que tenían un humilde horno en Villares de Arriba, y han transformado el viejo horno familiar en un obrador donde se produce variedades de panes, dulces, bombones, e incluso ha introducido la elaboración de turrones artesanales que han cobrado mucha fama en estas fechas navideñas. Ramón trabaja comercializando esos productos a través de internet, y los panes y dulces que antes disfrutaban los vecinos del establecimiento, hoy se distribuyen por toda España.

María cuelga el teléfono y se sienta en su sillón, al lado de la ventana, bajo la tenue luz de una lámpara que solo ilumina el rincón de la habitación donde ella se refugia cada noche, piensa en sus padres, los momentos vividos. La librería les ha permitido llevar una vida acomodada, muy diferente de las penurias que pasaban cuando ella era niña en el pueblo. A mediodía se sentaban en torno a la mesa donde solo había una fuente con comida, la imagen de la fuente llena engañaba al hambre, la visión de esas viandas repartidas en cuatro platos habría provocado un boquete en sus estómagos. El pan ayudaba a burlar al hambre, rebanando el aceite del sofrito que quedaba en la fuente, o apurando el caldo con sopas. La fuente así quedaba limpia, no podía ser de otra forma.

Con las ganancias de la librería y el obrador que llevaban su hermano y su cuñada habían podido comprar un piso donde vivían sus padres, la situación actual les había permitido contratarles una asistenta, aunque con ciertas reticencias por parte de su madre. La madre de María, que siempre se había desvivido porque nunca les faltase nada, a pesar de los años seguía siendo una mujer fuerte, no sabía permanecer mucho tiempo sentada, porque pensaba que siempre quedaba algo por hacer en la casa. Su padre contaba que cuando se casaron, una de las primeras cosas que recuerda haber comprado fueron dos sillas para que cuando fuesen viejos tener donde sentarse frente a la lumbre, por supuesto las usaron desde el primer día, pero le gustaba contar que la silla de la abuela se aburría solemnemente en el rincón abandonada. Fue él quien terminó convenciéndola de aceptar la ayuda de la asistenta, y por fin se sentaban juntos, aunque no frente a la lumbre, sino frente a una pantalla negra que cuando la encendían, aparecían personas que les hablaban, o les cantaban, bailaban y era un poco más divertido que mirar danzar las llamas de la lumbre, aunque en el fondo la echaban de menos. Aún les quedaba la casa del pueblo, y en unos días volverían a ella a encender la lumbre.