La tarde languidece, las calles se transforman lentamente, las prisas, los furgones de reparto y el ruido de los motores van silenciándose para dejar paso al bullicio de la gente. La penumbra se ilumina con la luz de las farolas y los comercios. La fatiga y agotamiento de la larga jornada laboral queda eclipsada por los encuentros en torno a una mesa de un bar, el banco de un parque, la cola para entrar a un cine, o la espera a la hora acordada con amigos o la pareja. La ciudad se revela ante el declive del atardecer, iluminando la penumbra huye de la oscuridad de la noche. De la misma forma, frente a luz tenue del final del otoño presagio del invierno, la ciudad se viste de gala e ilumina, adornando con guirnaldas calles, casas y comercios ante la proximidad de la Navidad.
En una ventana está asomada Raquel, contemplando el ir y venir de la gente, una calle que hace pocos días mostraba el inicio del letargo de la ciudad, hoy se despierta e inicia un nuevo ciclo de frenética actividad, miles de luces led la iluminan, y con ellas se enmascara la somnolencia que envuelve las tardes preludio del invierno.
Mira el escaparate de la librería que hay frente a su casa y observa a Laura terminando de decorar el escaparate con los adornos de costumbre, unas cortinas de luces tenues en la parte superior de la luna, y entre los últimos libros que habían incorporado a la venta y lucían en un lugar preferente en los estantes del escaparate, unas figuras de un pequeño trineo, unos elfos colocados estratégicamente, alguno sobre un libro abierto simulando estar leyéndolo, y un pequeño nacimiento.
Esta tarde la había pasado con ella, una mujer muy culta, acostumbrada al trato con los clientes y a recomendar el libro más acorde a las inquietudes que le manifestaban, por lo que tenía una clientela fiel. Organizaba pequeños grupos de lectura y escritura, a los que convocaba al menos una tarde a la semana. Hoy habían estado un último repaso a una novela corta con la que Raquel se estrenaba en el mundo literario.
Unos meses atrás, la pantalla en blanco del editor de textos del ordenador y el cursor en la primera línea parpadeando, le había producido una sensación que oscilaba entre la emoción y el vértigo.
Los consejos de Laura contribuyeron a encauzar el torbellino de ideas, frases, contextos, miles de historias que pugnaban por verse reflejadas en esas primeras líneas que pronto aparecerían en la pantalla. Le dijo que podía construir un relato que surgiese de la ficción, o rescatar recuerdos, historias que hubiese oído en casa, familiares, amigos, vecinos; adornarlos, fantasear con ellos, transformar las personas que habitualmente recorren nuestras calles, pasan por nuestro lado, en protagonistas de una historia, a las que hay que despojar de sus avatares para volver a vestirlos, desnudarlos de su rutina y convertirlos en personajes fascinantes. Raquel pensó que las vivencias y recuerdos que se comparten alrededor de las mesas en estos días de Navidad podían constituir el hilo conductor sobre la que ir transformando esa pantalla en banco en una sucesión de palabras, líneas, párrafos y páginas llenas de sentido.
Raquel siempre se había sentido fascinada por las historias que le habían contado sus abuelos, se sentaba en la mesa camilla, sobre todo con su abuela, y le preguntaba por esas vivencias que con tanto gusto relataba, buscaba su compañía para oír una y otra vez esas historias que guardaba con emoción en su memoria, pero que le gustaba revivir. Y su abuela volvía a hablar de las cartas que escondía en el fondo de la cómoda de su habitación o de sus pretendientes en el pueblo cuando era moza. Raquel la escuchaba con la emoción de quien viaja en el tiempo. Su principal preocupación era que la mezcla de todas esas historias tuviese una coherencia, y esa coherencia podía surgir de la propia aventura de la escritura de la novela.