
En Navidad
Preámbulo
La tarde languidece, las calles se transforman lentamente, las prisas, los furgones de reparto y el ruido de los motores van silenciándose para dejar paso al bullicio de la gente. La penumbra se ilumina con la luz de las farolas y los comercios. La fatiga y agotamiento de la larga jornada laboral queda eclipsada por los encuentros en torno a una mesa de un bar, el banco de un parque, la cola para entrar a un cine, o la espera a la hora acordada con amigos o la pareja. La ciudad se revela ante el declive del atardecer, iluminando la penumbra huye de la oscuridad de la noche. De la misma forma, frente a luz tenue del final del otoño presagio del invierno, la ciudad se viste de gala e ilumina, adornando con guirnaldas calles, casas y comercios ante la proximidad de la Navidad.
En una ventana está asomada Raquel, contemplando el ir y venir de la gente, una calle que hace pocos días mostraba el inicio del letargo de la ciudad, hoy se despierta e inicia un nuevo ciclo de frenética actividad, miles de luces led la iluminan, y con ellas se enmascara la somnolencia que envuelve las tardes preludio del invierno.
Mira el escaparate de la librería que hay frente a su casa y observa a Laura terminando de decorar el escaparate con los adornos de costumbre, unas cortinas de luces tenues en la parte superior de la luna, y entre los últimos libros que habían incorporado a la venta y lucían en un lugar preferente en los estantes del escaparate, unas figuras de un pequeño trineo, unos elfos colocados estratégicamente, alguno sobre un libro abierto simulando estar leyéndolo, y un pequeño nacimiento.
Esta tarde la había pasado con ella, una mujer muy culta, acostumbrada al trato con los clientes y a recomendar el libro más acorde a las inquietudes que le manifestaban, por lo que tenía una clientela fiel. Organizaba pequeños grupos de lectura y escritura, a los que convocaba al menos una tarde a la semana. Hoy habían estado un último repaso a una novela corta con la que Raquel se estrenaba en el mundo literario.
Unos meses atrás, la pantalla en blanco del editor de textos del ordenador y el cursor en la primera línea parpadeando, le había producido una sensación que oscilaba entre la emoción y el vértigo.
Los consejos de Laura contribuyeron a encauzar el torbellino de ideas, frases, contextos, miles de historias que pugnaban por verse reflejadas en esas primeras líneas que pronto aparecerían en la pantalla. Le dijo que podía construir un relato que surgiese de la ficción, o rescatar recuerdos, historias que hubiese oído en casa, familiares, amigos, vecinos; adornarlos, fantasear con ellos, transformar las personas que habitualmente recorren nuestras calles, pasan por nuestro lado, en protagonistas de una historia, a las que hay que despojar de sus avatares para volver a vestirlos, desnudarlos de su rutina y convertirlos en personajes fascinantes. Raquel pensó que las vivencias y recuerdos que se comparten alrededor de las mesas en estos días de Navidad podían constituir el hilo conductor sobre la que ir transformando esa pantalla en banco en una sucesión de palabras, líneas, párrafos y páginas llenas de sentido.
Raquel siempre se había sentido fascinada por las historias que le habían contado sus abuelos, se sentaba en la mesa camilla, sobre todo con su abuela, y le preguntaba por esas vivencias que con tanto gusto relataba, buscaba su compañía para oír una y otra vez esas historias que guardaba con emoción en su memoria, pero que le gustaba revivir. Y su abuela volvía a hablar de las cartas que escondía en el fondo de la cómoda de su habitación o de sus pretendientes en el pueblo cuando era moza. Raquel la escuchaba con la emoción de quien viaja en el tiempo. Su principal preocupación era que la mezcla de todas esas historias tuviese una coherencia, y esa coherencia podía surgir de la propia aventura de la escritura de la novela.
Parte 1
El ruido de la llave en la cerradura y la puerta de la casa abriéndose devuelven a Raquel a la realidad. Estaba esperando la llegada de su madre, gira la cabeza y la ve entrar. Una mujer con un atractivo natural madurado con el paso de los años aparece en la habitación. Raquel se retira de la ventana, se acerca a ella y la besa, le ayuda a ponerse cómoda, a guardar el contenido de las bolsas de compras con las que viene cargada. Entre las dos preparan una cena ligera, una ensalada de lechuga, tomate, pasta y atún.
Durante la cena comentan lo alegres que están las calles con la cercanía de la Navidad. A María, su madre, le parece que las luces las ponen cada vez más pronto, lo que le produce al final un cierto agotamiento. Terminada la cena Raquel corre a su habitación, Pedro estará a punto de llegar, es la hora en la que suele venir a buscarla.
Abajo en la calle la ciudad aún no duerme, suena el interfono, Pedro espera en el portal a que baje Raquel. Ha sido un día de mucho trabajo, siempre suele terminar tarde, trabaja con un grupo de amigos que terminaron juntos la carrera de sociología, y se dedican a ofrecer a empresas estrategias para mejorar el ambiente de trabajo. Él suele ser el que se queda a redactar los proyectos, a dar el último retoque a las presentaciones que llevarán a las reuniones concertadas para el próximo día, por eso suele ser quien cierra la oficina.
En estos días, Pedro recorre las calles contemplando las luces que las adornan calles con un punto de tristeza, le recuerdan a su padre, trabajaba de operario para el ayuntamiento, y un año, una vez colocadas las luces, haciendo una comprobación de rutina recibió una descarga y cayó al suelo. Le produjo una leve desviación de las vértebras lumbares, suficiente para que tuviese que ir en silla de ruedas el resto de su vida. Falleció cuando él tenía 7 años.
Se enciende la luz del portal y ve salir a Raquel del ascensor, como siempre guapísima. Hoy lleva el bolso que le regaló en su último cumpleaños, aún no lo había estrenado, a Raquel le gustaba vestir acorde a los complementos que llevaba, y hace unos días había encontrado unos zapatos y un pañuelo acordes a los colores y estampado del bolso; era muy exigente con su imagen, siempre lucía una elegancia sobria, nunca pasaba desapercibida. Se saludan con un par de besos y un tierno abrazo, y al calor de los cuerpos una sonrisa les ilumina el rostro. Echan a andar entre la gente y Pedro la escucha atentamente. Raquel es una mujer alegre, trabaja en una la librería de la familia, lo que le ha permitido leer mucho, conocer y conversar relajadamente con mucha gente, ha aprendido a observar a las personas que entran, a intuir sus gustos, y sus consejos suelen ser bien recibidos, por eso tiene una clientela muy fiel. Antes de conocerla, Pedro no era muy aficionado a la lectura, pero con ella ha aprendido a disfrutar de un buen libro. Mientras caminan se cuentan cómo les ha ido el día, y surge con la conversación una terapia que les reconforta, transformando lo que había sido un duro día de trabajo, en una sucesión de acontecimientos mágicos. En sus paseos la vida que se cuentan no se parece a la vivida, y no deja de ser la misma.
Mientras paseaban, Raquel miraba a los ojos a Pedro, y se preguntaba cómo reaccionaría cuando leyese la historia que estaba escribiendo y se descubriese trasladado a un mundo de ficción, rodeado de personas que le eran conocidas, pero que se mueven en un universo alternativo. Pedro sabía de lo ilusionada que estaba Raquel inmersa en esa aventura y quería ser el primero en leerla.
María, la madre de Raquel aprovecha que se ha quedado sola en casa para llamar a su madre, como cada noche. Al otro lado del teléfono una voz dulce le contesta, estaba esperando la llamada. El padre está cerca de cumplir 90 años, lleva unos días pachucho, es diabético y el riñón no termina de trabajar como debiera. Hacen planes para las próximas Navidades, porque a pesar de los achaques ninguno quiere rendirse, y esperan reunirse en las comidas y cenas habituales de estas fechas. Se reunirán en la casita que conservan en la sierra sus abuelos, en un pueblecito de casas bajas forradas de piedra llamado Villares de Arriba, donde las noches se cubren de un manto de estrellas frente al que las luces de Navidad palidecen. Ramón, el hermano de María, acudirá como cada año el día de Navidad. Ana, la hija pequeña de Ramón ya da sus primeros pasos, y será un gozo verla andar con los brazos en alto buscando alguien que la recoja ante un posible traspiés. A Raúl, el hijo mayor de Ramón, con 7 años, ya no le gustan mucho los besos, y en el primer contacto busca refugio tras su madre. Este año presentarán a Pedro a la familia.
Lucía, la mujer de Ramón es de una tradicional familia de panaderos que tenían un humilde horno en Villares de Arriba, y han transformado el viejo horno familiar en un obrador donde se produce variedades de panes, dulces, bombones, e incluso ha introducido la elaboración de turrones artesanales que han cobrado mucha fama en estas fechas navideñas. Ramón trabaja comercializando esos productos a través de internet, y los panes y dulces que antes disfrutaban los vecinos del establecimiento, hoy se distribuyen por toda España.
María cuelga el teléfono y se sienta en su sillón, al lado de la ventana, bajo la tenue luz de una lámpara que solo ilumina el rincón de la habitación donde ella se refugia cada noche, piensa en sus padres, los momentos vividos. La librería les ha permitido llevar una vida acomodada, muy diferente de las penurias que pasaban cuando ella era niña en el pueblo. A mediodía se sentaban en torno a la mesa donde solo había una fuente con comida, la imagen de la fuente llena engañaba al hambre, la visión de esas viandas repartidas en cuatro platos habría provocado un boquete en sus estómagos. El pan ayudaba a burlar al hambre, rebanando el aceite del sofrito que quedaba en la fuente, o apurando el caldo con sopas. La fuente así quedaba limpia, no podía ser de otra forma.
Con las ganancias de la librería y el obrador que llevaban su hermano y su cuñada habían podido comprar un piso donde vivían sus padres, la situación actual les había permitido contratarles una asistenta, aunque con ciertas reticencias por parte de su madre. La madre de María, que siempre se había desvivido porque nunca les faltase nada, a pesar de los años seguía siendo una mujer fuerte, no sabía permanecer mucho tiempo sentada, porque pensaba que siempre quedaba algo por hacer en la casa. Su padre contaba que cuando se casaron, una de las primeras cosas que recuerda haber comprado fueron dos sillas para que cuando fuesen viejos tener donde sentarse frente a la lumbre, por supuesto las usaron desde el primer día, pero le gustaba contar que la silla de la abuela se aburría solemnemente en el rincón abandonada. Fue él quien terminó convenciéndola de aceptar la ayuda de la asistenta, y por fin se sentaban juntos, aunque no frente a la lumbre, sino frente a una pantalla negra que cuando la encendían, aparecían personas que les hablaban, o les cantaban, bailaban y era un poco más divertido que mirar danzar las llamas de la lumbre, aunque en el fondo la echaban de menos. Aún les quedaba la casa del pueblo, y en unos días volverían a ella a encender la lumbre.
Parte 2
El llanto de un bebé que le llega desde el piso de arriba devuelve a María a la realidad. Antonio y Rosa estarán preparando el baño de los pequeños, y el bebé reclama con fuerza más que el baño, su biberón. Su hermana, Laly, 2 años mayor, asiste a la habitual escena con resignación. Disfruta de las risas de su hermana pequeña cuando le hace carantoñas, le gusta perseguirla mientras gatea torpemente por el pasillo, pero este momento del final del día parece que está predestinado a ser así, aunque sabe bien que cuando enganche el biberón caerá rendida, y una vez la dejen en la cuna tendrá a su padre a su entera disposición para que le cuente una nueva historia, siempre inventada. A su padre le gusta fantasear y casi nunca le lee un cuento, empieza imaginando un personaje, una hormiga, un árbol que corre por el bosque, un pez que habla con la luna, cada noche una historia nueva. Cuando su padre la arropa, apaga la luz y le da un beso de buenas noches. Antes de cerrar los ojos, dirige su mirada hacia la ventana y ve los tenues hilos de luz que se filtran desde la calle. Este año han puesto unas guirnaldas de colores que le encantan, y recuerda que aún no ha escrito la carta a los Reyes Magos.
Laly y su hermana ya duermen, sus padres, Antonio y Rosa, se sientan ante un televisor que emite luces, imágenes y sonidos a los que nadie atiende, esperan la llegada de un nuevo hijo, esta vez un niño, Rosa está de cuatro meses, y hacen planes para buscar una nueva casa, ésta ya se les va a quedar pequeña. Hace unos días visitaron Villares de Arriba, por recomendación de Raquel que sabía de un grupo de casas nuevas, de paredes de piedra que estaban construyendo, y les pasó el teléfono de contacto. Por su ubicación serán casas con unas vistas impresionantes, desde ellas se podrá contemplar hacia el sur todo el valle, y hacia el norte un bosque de hayas, que en estos momentos aún lucen los últimos ocres del otoño.
Rosa trabaja en desarrollo web y marketing, estaba en una empresa, pero se ha establecido por su cuenta, por lo que su trabajo lo puede realizar casi todo el tiempo en casa. Desde que tuvieron a Laly se plantearon que vivir en un pueblo les daría más calidad de vida frente a las prisas y urgencias de la ciudad. Antonio tiene que desplazarse al trabajo todos los días, pero le va a ser más fácil llegar en coche al lugar donde trabaja desde el pueblo que desde la ciudad.
El televisor sigue emitiendo luz y sonidos, pero Rosa y Antonio no prestan atención, revisan sus redes sociales, las publicaciones de antiguos amigos del colegio o el instituto que comparten, pues se conocieron cuando hacían octavo de EGB. El colegio tenía dos edificios separados por una carretera, a un edificio iban las niñas y al otro los niños, sin ningún tipo de contacto, hasta sexto, cuando empezaron a hacer grupos mixtos, lo que resultó para ellos toda una novedad, y para la sociedad del momento un cambio muy importante. Hacen un repaso de sus antiguos compañeros y comprueban como la mayoría de las chicas han terminado estudiando carreras, Pilar y Ana hicieron medicina y trabajan en un centro de salud y para una mutua. Maravillas e Isabel son profesoras, y dan clases en el mismo instituto donde estudiaron. A Maravillas le decían algunos de sus profesores que no servía para estudiar, qué equivocados estaban y cuantos prejuicios, mujer, hija de agricultores, prácticamente analfabetos.
También se habían equivocado con Antonio. Los informes del colegio y el instituto le recomendaban hacer una formación profesional, su nivel era medio, no suspendió nunca, pero él, aunque reconocía que era muy distraído, quería ir a la Universidad. Su padre, ante los informes del instituto, le recomendó hacer una ingeniería que no fuese muy difícil. A Antonio le gustaba dibujar, y pensó hacer ingeniería técnica en diseño industrial. Al cabo de los años, terminó la carrera, sin suspender ninguna asignatura, y con un doctorado en innovación tecnológica.
Navegando por las redes se encuentran con Luis, es profesor en un instituto público, pero hace unos días hablando con él supieron que iba a llevar a su hija a un colegio privado en el que segregaban por sexo. Estaba claro que tal como está cambiando la sociedad, la vida rural no iba a ser una mala elección.
Parte 3
Si alguien necesitaba algo de Villares de Arriba, el contacto es un hombre al que llaman el Rubio, a sus 85 años ha ido enterrando a todos los de su quinta, aunque si le preguntas la edad te dice que ya perdió la cuenta, desde el día que pensó que alguien allí arriba se había olvidado de él. El último que faltó fue Manuel, con el que todas las tardes se sentaba al sol, y repasaban minuciosamente la vida de un pueblo que en sus mejores tiempos llegó a tener 1200 almas, con un puñado de chiquillos que correteaban por sus callejas.
El Rubio había sido el pedáneo del caserío, conoció a todos sus vecinos, y ahora se encargaba de “echarles un ojo a las casas” como él decía, casas que, tras un largo periodo de abandono, estaban siendo compradas por gente de la ciudad, para acudir a ellas fines de semana, o vacaciones. Algunos, con el tiempo, han decidido cambiar la ciudad por la sierra y se han instalado definitivamente allí. Todos quieren al Rubio porque es de buen conversar, y cuenta una y otra vez las historias de los antiguos habitantes del pueblo de forma que siempre introduce nuevas anécdotas. El Rubio no había perdido la cuenta de sus años porque la cabeza no le funcionase, no se olvidó de llevar la cuenta del calendario porque esperase su billete de ida, simplemente siente que el tiempo ya no corre para él.
Si el Rubio es un buen contador de historias, su desaparecido amigo Manuel era la historia del pueblo. Por esa sierra pasaron durante la guerra y la posguerra tanto milicianos, como falangistas o requetés. El movimiento de personal era continuo, según como avanzaba la contienda eran unos u otros los que buscaban refugio entre los peñascos de aquellos parajes, y a todos echaba una mano. El Rubio era 15 años menor que Manuel, y solo recuerda el conflicto como un juego de chiquillos; veían pasar soldados armados, y los chiquillos los imitaban parapetándose entre la maleza y usando varas a modo de fusil con los que lidiaban sus propias contiendas. Cuando se encontraban con un grupo de militares les preguntaban que cuál era el saludo pertinente, la mano alzada o el puño cerrado, los chiquillos no entendían de buenos y malos, ni de quién iba ganando una guerra que perdieron todos. Por su parte Manuel los veía a todos iguales, a la sierra llegaban pocas noticias y no se sabía ni el quién, ni el porqué del conflicto, solo veían que peleaban gentes que unos años antes compartían unos vinos en la taberna del pueblo.
Al acabar la guerra, en los caseríos que rodeaban el pueblo se dio cobijo a muchos que buscaron donde refugiarse a la espera que la situación cambiase, otros terminaron huyendo al extranjero. Uno de ellos fue Paco, el abuelo de Raquel, que al haber luchado en el frente republicano tuvo miedo de las represalias y, aunque estuvo un tiempo escondido en el monte, junto con un puñado de milicianos buscaron la seguridad del exilio.
En Villares de Arriba quedaron su madre y su abuela y conservan la casa en la que vivían y a la que acuden siempre que pueden. Allí tenían algunos animales, cabras y algunas vacas, además de gallinas y conejos, una quesería les permitió una vida holgada y tranquila.
Su abuelo Paco cuenta que acabó en un campo de refugiados del sur de Francia, donde lo pasó muy mal por las pésimas condiciones en que vivían, al acabar la guerra de Europa se trasladó a Toulousse, donde trabajó en una fábrica de motores unos años. Las cartas que le llegaban desde el pueblo le decían que no parecía que su nombre estuviese entre guerrilleros republicanos buscados y después de 10 años nadie había ido preguntando por él. Decidió hacer la maleta con las pocas pertenencias que tenía y regresó a casa.
En los años sesenta se trasladaron a la ciudad y con el dinero de la venta de los animales y lo ahorrado montaron una tienda donde sobre todo vendían material de papelería, revistas y prensa. Fue Raquel la que terminó transformándola en la concurrida librería que es hoy, donde organiza presentaciones de libros, diversos coloquios y debates; en uno de ellos es donde conoció a Pedro, con el que ha decidido casarse por fin.
A Pedro también le gusta la vida tranquila en el pueblo, y esperan poder hacer su vida allí, las carreteras han mejorado mucho, y en 15 minutos pueden bajar a la ciudad, aunque por su trabajo, con una buena conexión a internet podrá trabajar muchos días desde casa, y las visitas a las empresas obligan siempre a traslados más largos, lo mismo viviendo en la ciudad que en el pueblo. Y si como parece, los vecinos de Raquel, Antonio y Rosa también se trasladan al pueblo con las niñas y su nuevo hijo, estarán bien acompañados.
Parte 4
Raquel no tiene muchos recuerdos de su padre, falleció cuando ella tenía unos seis años, lo que sí conserva son muchas fotografías hechas por él en blanco y negro, fotos de ella sola de bebé, muchísimas de diferentes momentos, en el baño, jugando en el parque, tirándose con el trineo por la nieve, con su padre, con su madre, con sus abuelos, en las fiestas del cole, de disfraces. Era muy aficionado a la fotografía, tenía un pequeño laboratorio en casa donde él mismo las revelaba, y sus álbumes de fotos son un relato detallado de toda su vida. Se llamaba Mario y era un hombre guapo y muy alto, al menos así lo recuerda ella.
La afición a la fotografía era su válvula de escape tras la rutina de su trabajo llevando la contabilidad de diferentes empresas. Podía haber dejado ese trabajo porque la librería les hubiese permitido llevar una vida cómoda, pero era un ingreso extra que no les venía mal. Falleció por las secuelas de un accidente con la moto cuando volvía del trabajo, tras varias operaciones había conseguido moverse con una cierta autonomía, incluso podía trabajar desde casa, pero tenía el hígado afectado por un derrame interno en el momento del accidente, le pusieron en lista para un trasplante, pero tras la operación sufrió una hemorragia interna y falleció.
Su abuelo paterno había sido funcionario de prisiones durante la segunda república, tenían en casa una espada que presidía el recibidor, el abuelo Mario estaba así siempre presente. Falleció por una neumonía a principio de los años treinta, le gustaba mucho escribir, y su padre conservaba un detallado diario de lo que había sido su vida, diario que Raquel había leído varias veces. En él hablaba de las condiciones en que se vivía en las cárceles en la segunda república, y relataba las historias de algunos de los presos. Las situaciones que se vivieron durante la guerra civil dentro de las cárceles debieron ir minando su carácter. Con el paso del tiempo sus escritos eran más escasos y el diario sufría importantes lagunas. Aunque siempre le dijeron que la causa del fallecimiento fue una enfermedad, como a su abuela no le gustaba hablar del tema, el padre de Raquel tenía la sospecha de que pudo sufrir alguna depuración tras la guerra civil, pero eso nunca podría saberlo.
El edificio donde viven Raquel y su madre está en plena Gran Vía, y la librería que regentan ocupa el bajo de ese edificio. De las pocas paredes que no están ocupadas por libros cuelga una pequeña selección de fotografías de su padre, y en una salita que hay en el sótano de la librería, en la que hacen las presentaciones de libros, realiza exposiciones de artistas nóveles para promocionar su trabajo.
En estas fechas hay una exposición fotográfica de Clara, una chica de Granada, pareja de una compañera de trabajo de Pedro, con la que pronto entablaron una buena amistad, son fotografías en tonos sepia, individuos que deambulan por calles con los fondos desenfocados, sólo sus perfiles aparecen nítidos; personas que aparecen congeladas en una ciudad que se difumina en una vorágine permanente. Clara es autodidacta en el mundo de la fotografía, las redes sociales le ayudan en la búsqueda de fotógrafos, y siempre que puede, contacta con ellos, busca cursos y encuentros donde aprender nuevas técnicas, se ha hecho una experta en la edición fotográfica, conoce todos los secretos, y cuando Raquel le enseñó los trabajos de revelado que había hecho su padre con un laboratorio fotográfico muy rudimentario quedó maravillada.
Las fotografías de Clara se vendieron muy bien, eran los días previos a Navidad y regalar una de esas fotografías siempre sería una buena idea. Una pareja de muchachos jóvenes se llevó tres, acababan de comprar un piso en un edificio cercano, y esas tres fotografías eran el complemento perfecto para llenar de vida la sala de estar. De momento, la sala sólo estaba ocupada por un juego de sillas y una mesa, pero sentarse a contemplar esas fotos era un viaje a una historia concentrada en esas tres imágenes, y cada día podían imaginar en ellas historias diferentes, figuras nítidas en fondos difuminados permitían recrear personajes inéditos en infinidad de historias diferentes que atravesaban la ciudad, tal y como Clara quería expresar en su obra.
Parte 5
La Nochebuena en la casita del pueblo con la familia de Raquel resultó muy entrañable, los abuelos disfrutaron con la compañía de sus hijos y nietos, la pequeña Ana fue el centro de atención, y la apertura de los regalos que les esperaban bajo el árbol fue una auténtica batalla campal de cintas, papeles rasgados y cajas de cartón que rápidamente habría que recoger para hacer espacio donde colocar los juguetes, un correpasillos y peluches para Ana, y un juego para montar un dragón en tres dimensiones para Raúl, y la bicicleta que había insistido a sus padres que no podía faltar, porque él ya tenía claro quiénes eran los destinatarios de la carta a los reyes magos.
Acabada la cena se abrigaron, y salieron por las callejuelas empedradas hasta la pequeña ermita donde los pocos vecinos que quedaban junto a algunos visitantes acudieron a celebrar la tradicional misa de Gallo. Don Francisco, el sacerdote, ya anciano, pero con gran vitalidad, subía habitualmente a decir misa en esa capilla, y durante la última semana, había rescatado las figuras del nacimiento que guardaba en un armario de la pequeña sacristía y lo había colocado a los pies del altar. Un altar sobrio, presidido por una gran cruz de madera sin Cristo, con una pequeña virgen en un lateral, la Virgen de la Peña. El abuelo de Raquel, Paco, había acudido junto con don Francisco y el Rubio a decorar mínimamente la pequeña iglesia para esas fechas, a pesar de los achaques, esperaba con ilusión la misa del Gallo de aquel año, pero la cena, el frío que hacía y las horas pudieron con la ilusión y acabó desistiendo.
Al acabar la misa, delante del altar se reunieron todos los asistentes, Don Francisco sacó una botella de licor de hierbas que elaboraban en una pequeña bodega del pueblo, y Lucía abrió una caja de cartón en la que llevaba rollos de almendra, mantecados de aguardiente y hojaldrados que había elaborado para la ocasión. Cada vecino aportó algún detalle, y así celebraron la llegada del día de Navidad.
Amanece en Villares de Arriba, en el valle, a lo lejos, se ve cómo se van apagando las luces de la ciudad. Es el día de Navidad, a pesar de la larga velada de la noche anterior, Pedro y Raquel se levantaron temprano, ver amanecer sobre el valle deparaba todo un espectáculo. Sentados en un banco situado sobe un peñasco, contemplaban el manto blanco de niebla que se extendía por el valle y parecía deshilacharse al ascender por los barrancos que lo rodeaban; el cielo se fue coloreando de tonos rojizos y anaranjados hasta que un tenue arco amarillo asomó sobre la niebla, anunciando la salida del Sol.
De vuelta a casa se cruzaron con el Rubio, se saludaron con un cordial deseo de felicidad para la Navidad, le preguntaron si estaba abierta la taberna del pueblo, un café con leche caliente a esas horas les vendría bien. El Rubio, como no podía ser de otra manera, tenía llaves de la taberna, y como tampoco tenía ninguna otra tarea para ese día, les abrió, y les sirvió lo que deseaban. Al poco de abrir acudió por allí el cura, que también había madrugado para preparar la romería que tradicionalmente se celebraba el 26 de diciembre.
El cura conocía al Rubio de toda la vida, eran de la misma edad y habían ido juntos a la escuela de aquel pueblo. Pronto entablaron una conversación que atrajo el interés de Pedro y Raquel.
Recordaron la historia de una familia que tenía una herrería, en un caserón a la entrada del pueblo, donde acudían desde todas partes de la comarca con caballos y mulos a herrar. El negocio era próspero, y llegada la guerra civil el trabajo no faltó, además de herrar caballos restauraba cañones, ruedas de carros, reparaba armamento, fusiles, ametralladoras, incluso le dejaban vehículos averiados a los que siempre encontraba arreglo. El problema vino una vez acabada la contienda, el dinero que había cobrado por trabajos al bando nacional tenía valor, pero el del bando republicano no, y como esa zona fue durante más tiempo roja que nacional, la mayor parte del trabajo resultó baldío.
La suerte es que allí quedó mucho material abandonado, fundieron todo el metal y lo supieron ir colocando según las necesidades del momento. Tuvieron un encargo que era muy frecuente en aquella época, necesitaban metal para hacer un busto del generalísimo para colocar en la plaza del pueblo. Y aunque tampoco pagaban mucho por aquella faena, porque se suponía que debía ser un acto de agradecimiento al generalísimo, le sirvió para estar a bien con el gobernador civil y a partir de ahí no les faltó trabajo. Uno de los últimos encargos fue suministrar tornillería para las traviesas del ferrocarril que atravesaba la comarca.
Con ese dinero una de las hijas del herrero pudo irse a Madrid a estudiar, siempre gracias a una carta de recomendación del gobernador, ya que estaba mal visto que las mujeres estudiasen. En cualquier caso, sus pocas opciones eran estudiar secretariado, matrona o enfermería.
La otra hija, la mayor, trabajó durante un tiempo sirviendo en la casa grande, donde vivían los dueños de la mayor parte de las tierras. Quedó embarazada de uno de los hijos, o eso dijeron, porque el padre tampoco era de costumbres decorosas. Con el embarazo avanzado se la llevaron a la capital por indicación de la señora de la casa. Al nacer la criatura la dejaron en una inclusa, la madre le había cosido y bordado un pequeño ajuar, y entre la ropa guardó una medalla grabada con su nombre y una nota con la esperanza de recuperar más adelante a la niña. Pero fue imposible volver a saber de ella.
Era la primera vez que Pedro y Raquel asistían a una de esas conversaciones de tabernas que posteriormente buscarían con asiduidad, el Rubio era buen conversador, y se deleitaba cuando había alguien desando escucharle.
Al llegar a casa contaron la historia a la familia, y la madre de Raquel recordó que la hija del herrero fue la matrona que atendió su parto, con la que había mantenido una buena amistad, pero que se casó y ahora creía que se había trasladado a algún pueblo de Asturias donde seguía ejerciendo como matrona. La otra hija estuvo trabajando en la taberna del pueblo un tiempo, a la casa grande no volvió, y al acabar la guerra civil se fue de allí, no volvieron a saber de ella.
Parte 6
El 26 de diciembre es tradición en aquel pueblo llevar en romería a la Virgen de la Peña al lugar donde, según la leyenda, apareció. La historia oral, ha transmitido de los mayores a los más pequeños, que la virgen apareció el día siguiente al día de Navidad, durante una fuerte tormenta seca. Cerca del pueblo hay un paraje al que le llaman “la peña”, una roca de unos 10 metros de altura en la que crece un alcornoque centenario, enraizado en las pocas grietas que atraviesan esa piedra. Según la leyenda, durante esa tormenta, con fuerte aparato eléctrico, un rayo partió en dos el grueso tronco de aquel árbol, y en su interior apareció esa pequeña imagen de la virgen que desde entonces ocupa su lugar en el altar de la ermita. Algunos años después, aquel alcornoque, aún partido en dos por el rayo y con sus entrañas ennegrecidas, volvió a brotar cubriendo de verde sus ramas. Hoy, como cada año acudirán con la pequeña imagen a ese paraje en romería, y una vez allí celebrarán una misa y almorzarán los típicos roscos de manteca que se elaboraban tradicionalmente en el pueblo. Una jornada de encuentros entre los vecinos que un día abandonaron el pueblo y que por estas fechas regresan, y de recuerdo de los que ya no están.
Los sobrinos de Raquel, y algunos pequeños más, aportan la nota alegre y bulliciosa de esa jornada, y como han de ser los que recojan el testigo para mantener la tradición, se les acompaña con cariño y juegos para que lleven un buen recuerdo y quieran volver año tras año. Sobre todo, porque, además, los típicos roscos de manteca salen del horno de sus padres, y serían ellos los encargados de su elaboración en un futuro, pero eso ya le verá con el tiempo.
Acompañando al cura del pueblo, detrás de la imagen de la virgen, camina Irina, con veintitantos años, pero con una expresión de una niña de diez; anda sonriente, en sus labios se adivina un susurro, canta las plegarias que envuelven el deambular de los lugareños, pero sin que salga sonido alguno, solo un susurro. Es la sobrina del Rubio, cuando sus padres y hermanos emigraron a la ciudad se fue con ellos, pero la vida entre edificios, ruidos y asfalto entristecieron su rostro. La ciudad, aun con la atención de los servicios de inclusión social, en los que habían puesto mucha esperanza sus padres, solo le generaban tensión y estrés. Decidieron que se volviese a vivir con su tío, donde fue recobrando su mirada dulce. Hoy camina entre la gente, y los niños se acercan a ella y la cogen de la mano, juega con ellos y les regaña si alguno se aleja del grupo, se sabe casi todos sus nombres porque son los asiduos a la romería todos los años, “qué guapo estás Pablito”, “cuánto has crecido Anita”, “qué pelo más bonito Rafita”, para todos tiene algún comentario mientras acompaña los rezos a la virgen.
El Rubio recuerda cuando en el pueblo, a personas como su sobrina les gastaban bromas pesadas, había un muchacho, al que llamaban el tonto del pueblo, lo acompañaban a bañar a una balsa y le robaban la ropa para que volviese desnudo, le mandaban a hacer recados absurdos, era el entretenimiento de los jóvenes del lugar, recuerda con pesar que él también participó de esas perrerías, y celebra cómo había cambiado la sociedad, hoy su sobrina era una más, cerca de los treinta años, pero una niña dulce que andaba de la mano del resto de los niños.
Irina y Raquel, siendo muy niñas, fueron a la escuela en Villares de Arriba, una escuela de la que solo quedaban las paredes exteriores y algunas ventanas destartaladas a través de las cuales se podían ver los restos de algunas mesas y sillas, y colgadas en la pared algunos papeles en los que se adivinan trazos de dibujos infantiles ocultos entre manchas de humedad y polvo, o la madera agrietada y desconchada de lo que fue una pizarra. La madre de Raquel también fue a esa misma escuela, y aunque estuvo pocos años, porque tras la guerra la escuela se desmanteló y todos tuvieron que trabajar en las faenas con los animales o los cultivos, tiene el recuerdo de dos buenos maestros que en esos pocos años les enseñaron a leer, escribir y hacer cuentas. Maestros que subían todos los días a dar clases, pero que iniciado el conflicto no volvieron. Algunos vecinos intentaron, con más buena voluntad que conocimientos, mantener recogidas a las criaturas del lugar en esa escuela, era muy importante que aprendiesen a leer, a escribir, y al menos hacer las cuentas más elementales, pero poco más pudieron hacer.
Raquel recordaba haber visto en un álbum de fotos de su madre, una foto en la que un puñado de niños sonreían a la cámara, entre ellos sus padres y muchos de sus amigos de la infancia, ahí es donde se conocieron y jugaron siendo unos niños. Ahora esperan rehabilitarla ante la llegada de nuevos vecinos al pueblo. Hay varias casas que están siendo restauradas y en una calle a la entrada de la aldea están levantando un grupo de viviendas.
Antonio y Rosa, los vecinos de Raquel en la ciudad, han invertido en una de esas casas, el terreno está al lado de lo que fue el lavadero del pueblo, y desde ahí se oye el ruido del agua correr. Los arbustos donde antes se extendían y secaban al sol las sábanas, camisas y pantalones de los vecinos, han sido sustituidos por maquinaria y ruido, pero a los ojos de Antonio y Rosa son ya la parcelita donde pronto serán ellos los que se sienten a tomar el sol y oír el correr del agua, como da al oeste verán la puesta del sol, y por las noches tienen asegurado un espectáculo excepcional al contemplar un infinito manto de estrellas atravesado por la vía láctea. Rosa quiere comprar un telescopio para viajar por los cráteres de la Luna, ver Júpiter con sus satélites o adivinar los anillos de Saturno.
Parte 7
Raquel y Pedro van a rehabilitar una de las casas que hay cerca de la pequeña iglesia, en la parte alta del pueblo, rodeada de calles empedradas. El Rubio fue quien les dijo que vendían la casa del tío Roque, una casa que había estado frecuentada hasta hace poco por sus sobrinos, donde acudían a pasar fines de semanas o en vacaciones, y estaba muy bien cuidada. Una casa de dos plantas en la que en la planta superior habían abierto dos grandes ventanales, uno hacia el este por el que se podía ver la fachada de la iglesia, y otro hacia el oeste con vistas al valle. La reforma no será muy costosa, aunque sobre todo el trabajo estará en el patio interior, un terreno amplio donde el tío Roque criaba cerdos y gallinas, y donde aún guardaba los aperos de las típicas matanzas que cada año se realizaban y donde acudían todos los vecinos.
Cuando se acercaba el final del año, sobre finales de noviembre, con la llegada del frío para favorecer la conservación de la carne, cada fin de semana había matanza en una casa, un trabajo colectivo, para hacer los embutidos y preparar la carne de la que se alimentarían ese año. La junta era a primera hora de la mañana, se colocaba el cerdo en un banco de madera, y el matarife procedía a la faena. Raquel recuerda con añoranza esos momentos de niña en que veía a todos los vecinos reunidos, pero con desagrado los chillidos del marrano. Recuerda los cubos donde se recogía la sangre para hacer las morcillas, y a su madre removiéndola para que no se cuajase. También tiene grabado el olor al socarrado, al quemar la piel para eliminar el pelo y dejar la superficie lisa. Recuerda que una vez abierto el cuerpo del animal, los hombres limpiaban el cuerpo del cerdo, y las mujeres los intestinos, que se emplearían después para elaborar las morcillas, chorizos y demás embutidos.
Había otro momento en que los vecinos se reunían, y era para la monda del azafrán. La rosa había que recogerla antes de amanecer, y se recogía en capazos de esparto. La monda se hacía en la casa de los abuelos de Raquel, allí acudían con los capazos llenos de rosa y las iban vertiendo sobre una mesa grande, rodeada de las mujeres que separaban cuidadosamente los estigmas del resto de la flor. Los estigmas, de un color rojo brillante, llenaban los platos que cada una de las mujeres tenían a su lado. El azafrán había que secarlo tostándolo a fuego suave para que se conservase todo su sabor, y recuerda bien el aroma del azafrán recién tostado.
Durante esas jornadas ella se sentaba al lado de su madre y atendía las conversaciones de las vecinas, en las que recordaban historias de tiempos pasados o relataban otras nuevas, que pasaban a formar parte de los relatos de años sucesivos. Así las revivía año tras año y ella las imaginaba como si las estuviese viviendo.
La tía Concha contaba que había servido durante unos años en casa de un almirante, sería o no almirante, pero ella lo describía trajeado, con su camisa blanca y su gorra de plato con un escudo bordado en oro. Vivía con esa familia en un piso grande en Cartagena, contaba que en una de las esquinas de su habitación tenía un váter, acostumbrada en el pueblo a salir al corral para hacer sus necesidades, eso era todo un lujo para ella. La vida la hacía entre su habitación y la cocina, a la que accedía directamente desde su habitación. Para entrar y salir de la casa lo hacía por la que llamaba la puerta de servicio, que salía de la cocina directamente a la escalera. Por supuesto esa escalera no era por la que entraban los dueños de la casa, la llamaban la escalera del servicio, y aunque era un sexto piso, en esa escalera no había ascensor. En la escalera principal sí. La tía Concha le echaba ingenio, y se inventaba historias penosas para enternecer al portero de la finca para que le dejase subir la pesada compra por el ascensor, unas veces lo conseguía, otras no. El portero sabía si en ese momento había riesgo de que se cruzase con algún vecino y que pudiese perjudicarles.
Pero como era lógico sus relatos iban de lo buena persona y lo guapo que era el almirante, a la crítica despiadada hacia su mujer, a la que según ella le venía grande el estatus social del que disfrutaba, una pueblerina disfrazada de señorita, una fantochada. Raquel estaba segura de que la tía Concha estaba coladita por el almirante, y por supuesto celosa de su mujer.
El ingenio en los relatos de las gentes del pueblo era admirable, con vidas tan sencillas, relataban historias que adornaban cada año con nuevos matices, eran reuniones donde se mezclaban risas, suspiros y a veces hasta lágrimas.
Otra vecina sentada a la mesa mondando el azafrán era Juana, la mujer de Manuel, y como su marido, era muy querida por todos, porque no habían tenido hijos, y toda su ocupación había sido atender las necesidades de los vecinos del pueblo. Vivían del cultivo de un pequeño terreno que tenían al lado de su casa, en las afueras, y su economía familiar se basaba en el trueque, compartían el fruto de sus cosechas, acelgas, habas, coles y otras hortalizas, y como para hacer un buen guiso decían que con un buen hueso ya cogía sabor, con un poco de carne que le diesen a cambio tenían suficiente. Aunque también criaban gallinas en un pequeño corral.
La historia que contaba la Juana era como en todas, siempre la misma, pero cada año aderezada de matices diferentes. Era una mujer dedicada a su huerto, sus gallinas y las tareas de su casa, y como era costumbre, atender a su marido, que se pasaba el día en el monte. Manuel se conocía la sierra como la palma de su mano, decía que había visto crecer muchos árboles desde la semilla, y decía la Juana que los consideraba como sus hijos. En lo más alto había construido un nevero, y aunque las nevadas no eran muy frecuentes, entre la nieve, las lluvias y el frío, conseguía suficiente hielo para las necesidades del pueblo.
También había construido un refugio, entre unos peñascos protegido del viento, donde se quedaba a dormir si en alguna de sus salidas le pillaba la noche, y que tras la guerra aprovechó para esconder algún miliciano, allí pasó unos días el abuelo de Raquel antes de decidirse a salir del país. Manuel pasó esos días con él, y cuenta que como no podían cazar para no hacer ruido y que pudiese alguien enterarse que alguien se escondía allí, pusieron trampas para cazar, tenían que estar atentos a las trampas, porque en alguna ocasión algún zorro u otro animal se había aprovechado de su captura. Al final idearon un artilugio para atrapar también al que pretendía robarles la caza.
Decía la Juana que su marido era inventor, porque siempre estaba ideando como montar un artilugio nuevo para las tareas de la casa o los trabajos que pudiese hacer por el monte. Cuenta que un día volvió magullado, porque se ató unos hierros con púas a las botas, que se sujetaban al tobillo y por debajo de la rodilla. Con ese apero pretendía subirse a los nogales para recoger las nueces antes de que cayesen al suelo y otros se las pudiesen llevar. En el primer intento de trepar a un nogal se le desmontó en invento y cayó de espaldas al suelo. Pasó varios días en casa por los dolores que tenía por todo el cuerpo.
Todas esas historias que llenaban los días de invierno, aderezadas con olor del azafrán, de los guisos a la lumbre, o el crujir de la madrea ardiendo en la chimenea, crearon la atmósfera en la que creció Raquel y que forjaron los lazos que la unían a ese pueblo que lo hacían un lugar único y entrañable. Cuando le comentó a Pedro que le gustaría vivir allí con él y a este le pareció una buena idea, ella pensó que conocer a Pedro fue lo mejor que le podría haber pasado en su vida.
Parte 8
Cuando Raquel y Pedro entraron por primera vez en la casa del tío Roque, fue como adentrarse en un tiempo diferente al actual. Aunque la casa había sido utilizada esporádicamente por sus familiares, los muebles y cortinas, la chimenea y la cocina, estaban tal y como podrían suponer que estarían la primera vez que la casa fue habitada. Los armarios y cajones de las habitaciones aún contenían las ropas y utensilios usados por el tío Roque. Era necesario hacer una limpieza en profundidad, pero la casa entera aún parecía esconder muchas historias por descubrir. Tirar algunas de sus pertenencias era como borrar una página de la rica memoria que atesoraba la casa. Por eso querían ser muy cuidadosos con los cambios que querían hacer.
Al contemplar las sillas bajas de anea al lado de la chimenea, oscurecidas tras los años por el humo, ya desgastados los asientos, imaginaban las tardes en que el tío Roque pasaría junto al fuego, contemplando las llamas de la lumbre, echando más maderos cuando esta se iba extinguiendo para luchar contra las tardes frías de invierno, o moviendo las migas de pan en una sartén.
Las trébedes, las tenazas, o el atizador, se mostraban más que como elementos decorativos, como accesorios desgastados y tiznados por el uso, con los que el tío Roque lucharía al tiempo que removía las brasas, avivaba un fuego a punto de apagarse o buscaba la mejor lumbre para colocar a punto una sartén o una orza donde se cocinase un puchero, dedicándole las dos o tres horas de rigor, rellenándolo periódicamente de agua hasta que los garbanzos, y el companaje estuviese en su punto de cocción, porque lo que no había entonces era prisa, y lo que sobraba era tiempo.
En un rincón del desván, sobre el polvo acumulado por el paso del tiempo se había tejido un manto de telarañas que cubría las orzas de barro donde en su día se conservarían las morcillas y chorizos en aceite, o los tarros de cristal para las olivas de puñetazo, como allí llamaban a las olivas partidas que en el pueblo acostumbraban a aliñar con tomillo, agua, vinagre y sal. Las vigas que atravesaban el desván mostraban las huellas del pringue de los embutidos que durante muchos años colgaron para curarlos expuestos al aire gélido del invierno.
Olvidado en un rincón dormitaba un baúl lleno de recuerdos que, al abrirlo, bajo algunas mantas y colchas viejas, contenía dos cajas con cartas, algunos documentos y fotografías antiguas. Un tesoro que Raquel conservaría para ir redescubriendo más adelante; no había prisa, el tío Roque sería contemporáneo de su abuelo Paco, y ahí tenía la posibilidad de viajar en el tiempo y revivir historias pasadas de los habitantes de ese pueblo.
A Pedro también le atraían los muebles de la casa, y de ninguna manera se iba a desprender de ellos, la madera y su diseño recordaban a los tiempos en que las cosas se hacían para durar. Con paciencia y dedicación, lijaría, repararía y barnizaría cada pieza, devolviéndoles su antiguo esplendor. Algunos estaban muy deteriorados y habría que tirarlos, pero la mesa y armarios principales tenían bastantes posibilidades.
Mientras recorrían la casa repasando el estado de las ventanas, puertas, muebles, haciendo una lista de las tareas que habría que priorizar para darle una nueva vida, se fijaron en una pequeña foto que había encima de un mueble, con un marco plateado muy desgastado, y protegida por un cristal que apenas transparentaba, se adivinaba en ella un grupo de hombres que parecían estar sentados en un prado, bajo un árbol, al parecer de cacería, porque parecía adivinarse que alguno llevaba una escopeta al hombro. Desmontaron el marco y sacaron la fotografía, y en el reverso aparecían escritos algunos nombres, entre ellos el del abuelo de Raquel, aunque en la foto no lo conseguía reconocer.
Al salir de la casa se dirigieron en busca del Rubio, al que seguro encontrarían en la taberna, único lugar de reunión en aquel lugar. Y allí estaba, sentado en una silla al lado de la puerta, apoyado en la pared al sol, con la boina reclinada para tapar los ojos, las manos sobre la empuñadura del bastón, y sobre las manos apoyada la barbilla. Le enseñaron la fotografía y, en efecto, allí estaba su abuelo con el tío Roque, pero no de cacería; sí, llevaban fusiles, pero fue durante la postguerra.
Ya no había enfrentamientos entre bandos, habían pasado algunos años del fin de la contienda, pero el hambre había traído la pillería, y, con permiso de la guardia civil, se les permitió ir armados para protegerse de los maleantes que se movían por esos parajes. Las gentes del lugar sabían lo importante que era el monte para ellos, desde la madera de los árboles, los animales, el esparto, colmenas de abejas, las fuentes de agua, algún caserío abandonado, cualquier recurso con posibilidades de ser explotado podía verse sometido a saqueo, en especial los nogales, de los que recolectaban las nueces en otoño, o las oliveras. Por eso los hombres organizaban batidas periódicas, unas veces solos, otras acompañados por algún guarda, para evitar robos.
El tío Roque y el abuelo de Raquel parecían tener una buena relación, aunque les contó el Rubio que ambos cortejaron en los años mozos a su abuela, de la que decían “era una muchacha muy apañá”. Pero no querían que esa disputa acabase con su amistad, por lo que decidieron que fuera ella quien tomara partido por uno de los dos, y aunque al tío Roque le costó un disgusto no ser el elegido, terminó resignándose, pero decidió que como no había mujer igual, no se casaría con ninguna otra, aunque por aquella época tampoco quedaban ya muchas jóvenes casaderas, la mayoría se habían ido a servir en alguna casa a la ciudad.
Raquel preguntó al Rubio por la familia que quedaba del tío Roque, les contó que tenía dos sobrinos hijos de su hermana, que pasaban esporádicamente algunos días en la casa del pueblo que ahora vendían. La hermana del tío Roque, a la que decían la mora porque era de piel muy morena, fue una de las jóvenes que fueron a buscarse la vida a la ciudad. Cuenta el Rubio que tuvo buena y mala suerte. Buena porque encontró trabajo pronto, en un taller de costura que trabajaba para la falange, cosiendo las camisas azules con el escudo del yugo y las flechas, y no le faltó faena, pudo hacerse con unos ahorros que le permitió montar su propio taller, era muy habilidosa con el bordado y la costura, y se dedicó a hacer vestidos de comunión y de novia, y adquirió mucha fama entre la gente de dinero, le llegaban muchos encargos, por lo que en el taller tenía varias aprendizas. Mala porque, según el Rubio, le secaron los sesos los de la falange, y se metió en la sección femenina, que decía le agrió el carácter, no volvió a ser la misma. Se echó de marido uno de los jefes de la Falange de la provincia, pero que al parecer no aparecía nunca por la casa, le iba en el cargo. Ni el tío Roque, ni el Rubio volvieron a tener trato con ella, ni ella quiso nunca volver por el pueblo, fueron los sobrinos los que subían alguna vez a ver a su tío, y los que se hicieron cargo de la casa cuando este faltó.
Al empezar la guerra civil, al tío Roque y al abuelo de Raquel lo reclutaron los milicianos y lo trasladaron al frente de Extremadura, allí contaba que para comer había miseria, y para cenar miedo. Como los moros tomaron rápidamente esa zona, los encerraron en campos donde recibían palizas y casi todas las noches había fusilamientos. Tuvieron la suerte que consiguieron escaparse una noche con un miliciano de Jaén, contaban que dormían de día y caminaban de noche. Pasaron mucho miedo, sabían que debían evitar cruzarse con nadie o entrar a ningún pueblo, en esos días nadie era de fiar. Solo pudieron comer algo al llegar a Jaén, a la casa de su compañero de fuga. Merodearon por la casa varios días, hasta comprobar que allí seguía viviendo su familia y era seguro tocar a la puerta, lo que hicieron bien avanzada la tercera noche. Tras un par de días, el tío Roque y su abuelo siguieron camino hasta el pueblo.
Los sobrinos del tío Roque se acercaban al Rubio para conocer la verdadera historia de su tío, para ellos esa historia se reducía a que una vez acabada la guerra cada uno se fue para su casa, esa era la versión simple que su madre les había contado. El Rubio sabía lo importante que era rescatar la dignidad de las vidas de todos los que habían sufrido los avatares de esa guerra, fuesen de un bando o de otro, el relato de la guerra no podía quedar en un cuento dulce y sin trascendencia, y a quien quisiese saber, él les contaría.
Parte 9
Esta información reavivó en Raquel el interés por las cajas que habían encontrado en el baúl del desván. En la lectura de aquellas cartas seguro que se encontraría inmersa en las historias, anhelos, temores, esperanzas que vivirían sus abuelos y las gentes del pueblo, y no estaba equivocada.
Repasó detenidamente todos los papeles que allí encontró, había en los que aparecían apuntes de los negocios que hacía el tío Roque, la compra y venta de animales, el dinero gastado en alfalfa para los conejos, la venta de canastos de esparto, o de alguna alfombra, compromisos de reserva de compra sobre la leche que producirían las cabras, todo lo tenía perfectamente clasificado por fechas. Conservaba escrituras de propiedad de casas que algunos vecinos abandonaron durante la guerra y le confiaron a él, casas de las que solo quedaba el solar y apenas los restos de lo que pudieron ser sus muros. En algunos de esos solares se habían vuelto a levantar nuevas casas, ajenas a la propiedad original, porque el tío Roque nunca había revisado esos documentos, los guardó cuando los vecinos se los confiaron, pero con el paso de los años los abandonó al olvido al no tener noticias de sus dueños, muchos habrían fallecido ya, y sus descendentes seguro que no conocerían de su existencia. No sería él el que pusiese trabas a la llegada de nuevos vecinos al pueblo, que buena falta hacían.
Entre esos papeles había varias cartas que el abuelo de Raquel escribió al tío Roque desde Francia durante su exilio temporal.
Estimado amigo
Te escribo esperando que al recibo de esta os encontréis todos bien. Te podría contar las penurias que por aquí pasamos, pensábamos que en Francia nos tratarían bien, nos darían trabajo, podríamos ganar algún dinero que mandar a España para ayudar a la familia que allí dejamos, pero los franceses nos tienen encerrados en campos donde pasamos mucho frío y hambre, recelan de nosotros, y con la que se está liando con la guerra europea, creo que nos ven con una amenaza para su seguridad.
Pero como debes suponer no es mi suerte la que me preocupa, sino la de mi mujer, que como sabes está embarazada de unos meses, y la de mi hija. Me decías en tu carta que por el pueblo no hay movimientos extraños, y que los que se quedáis y estáis en mi situación salís a la calle y hacéis vida normal sin que nadie se meta con vosotros.
Algunos de los que llegaron al campo conmigo se han fugado, y creo que están por Toulousse y han encontrado trabajo en alguna fábrica, pero yo prefiero esperar y no complicarme más la vida, si las cosas están como me cuentas, cuando salga de aquí será para volver a casa. Estoy seguro de lo que me dices del cabo de la guardia civil del cuartel, que me manda recomendaciones de que vuelva, que nadie me va a incomodar, sé que siempre ha sido una bellísima persona, y ha ayudado a unos y otros por igual, y si se ha visto metido en algún fregao no ha sido por su voluntad.
Hasta entonces cuida de mi casa y mi familia, aunque sé que no hace falta que te lo diga, pues estarás pendiente de lo que puedan necesitar, y al igual que nos echábamos una mano con el ganado y en nuestras faenas, ahora seguirás haciéndolo con ellas.
Atentamente tu amigo que lo es Paco.
En otra carta le decía
Estimado Roque
Aunque ya te dije que era de mi interés volver cuanto antes a España, y sobre todo ante la noticia de que nació mi hijo pero que falleció a los pocos días, como sé que las condiciones allí no son buenas y nos cuentan que muchos españoles que han ido a Toulousse están consiguiendo trabajo y mandan dinero a sus familias, me he decidido a intentarlo y espero pasar allí unos años para ahorrar suficiente y que cuando vuelva podamos darle una vida decente a la hija que tenemos.
Le he escrito a mi mujer explicándoselo, espero que lo entienda, pero tú que estás por allí, razona con ella para que vea que mi intención es la mejor para el futuro de mi familia.
Otra cosa, comentarte que hay por aquí un muchacho que se llama Roque como tú y que al parecer conoció a tu hermana, me dice que llegó a Francia huyendo de tu cuñado, que por lo visto iba tras él porque formaba parte de un comité de resistencia de la capital, parece buena gente.
A ver si en la próxima te envío buenas nuevas de trabajo en Touluosse para que te sirvan para animar a mi mujer y mi hija.
Recibe un abrazo de tu fiel amigo Paco.
Parte 10
Pasadas las navidades, la vida volvió a recobrar los ritmos normales, Raquel y Clara habían quedado para desmontar la exposición de fotografías, que había sido todo un éxito, sólo quedaban tres sin vender. Juan, el dueño de un restaurante cercano, visitó la exposición en varias ocasiones, estaba muy interesado por el trabajo de Clara, y quería hablar con ella para encargarle una serie fotográfica, con las que decorar las paredes de su establecimiento. Juan quería conocerla personalmente, y que ella fuese partícipe de sus anhelos, que viese la distribución del local, los diferentes salas y ambientes donde quería crear espacios únicos y diferenciados, y en cada uno de ellos colocar fotografías que inspirasen atmósferas sugerentes, los comensales sentados a la mesa se sentirían inmersos en un relato creado de la contemplación de esas imágenes. Y después de ver la exposición, Juan confiaba plenamente en Clara para esa tarea.
La decoración del local era minimalista, salas con mucha luminosidad y de techos altos, mucha luz oculta que contrastaba con unas pocas lámparas antiguas y recargadas, estratégicamente colocadas, que decoraban sin apenas contribuir a la iluminación de las salas. Clara sugirió fotografías de gran tamaño, de formato vertical, con un tema de fondo en blanco y negro, que quedase difuminado, pero definido por unas líneas apenas perceptibles que les diesen profundidad, y en el punto de fuga de la imagen, como una fotografía superpuesta, un motivo perfectamente enfocado, monocolor, pero de tonalidades vivas contrastando con el blanco y negro del entorno, que atrajese la atención de los futuros comensales en un trance hipnótico pero al tiempo desinhibidor, que les obligase a fijarse en la imagen sin exigirles una atención desmedida, simplemente una primera llamada de atención que estimulase su curiosidad sin plantear acertijos complejos.
La conversación posterior entre los tres, alrededor de un café fue muy amena, Raquel asistía al diálogo entre Juan y Clara como una espectadora en una función de teatro, parecía un ensayo de un diálogo entre dos personajes con un guion previamente establecido, de un escritor que tuviese previsto el desenlace. Las ideas fluían entre los dos, como si se conociesen de tiempo atrás y Clara solo necesitase una leve sugerencia de Juan para empezar a argumentar sobre ella elaborando posibles bocetos que para Juan resultaban admirables escenarios que ya se imaginaba luciendo en las paredes del restaurante.
Raquel se despidió de los dos, lamentaba ausentarse de charla tan amena y sugerente, que seguro continuarían un rato más, pero había dejado sola a su madre en la librería, y aunque confiaba en ella, sabía que muchos de sus clientes entraban esperando encontrarla a ella, para conversar sobre las últimas novedades de las editoriales, muchas veces algún cliente, después de una larga charla, se había ido sin comprar nada absorto por la conversación, en esos casos era muy común que inmediatamente después de salir y cerrar la puerta, volviese recordando que su intención era comprar un libro.
Esa mañana fue muy tranquila, y la dedicaron a retirar los adornos navideños que ya no lucían como el primer día, habían pasado de ser motivo de celebración, a sucumbir en la desidia, parecían pedir a gritos ser retirados y guardados hasta el próximo año. Lo mismo ocurría con las luces de Navidad que habían engalanado las calles esos días, ahora, apagadas, parecían hasta aburridas, atemporales, mientras no fuesen retiradas parecían suplicar a los viandantes que no les prestasen atención, que las ignorasen.
Ya se acercaba la hora de cerrar cuando entró una mujer, aparentaba avanzada la cincuentena. Avanzó hacia ella muy decidida, no sabía qué buscaba, pero sí qué quería. Se había jubilado recientemente, por lo que Raquel pensó que había errado al calcular su edad. Se presentó, su nombre era Laura, le comentó que a lo largo de su vida no había sido una gran lectora, pero en su cabeza bullían historias inconexas, tanto estando despierta como en sueños, muchos de los sueños que tenía mientras dormía, permanecían en su mente cuando despertaba, y se recreaba con ellos. En ocasiones pensó coger papel y un bolígrafo, y reconstruir con ellos las historias que divagaban por su cabeza incoherentes y transformarlas en un cuento y por qué no una novela.
Pidió consejo a Raquel sobre libros de relatos breves, pensó que podía empezar escribiendo historias cortas, no se veía capacitada para guiar una serie de personajes en una historia que tuviese que ocupar 100 páginas, ni siquiera algunas decenas. Leer cuentos no infantiles, o novelas cortas, analizar su estructura, le podrían servir para iniciarse en esa tarea de escribir.
Raquel le recomendó las novelas ejemplares de Cervantes, y algunos libros de relatos breves que se habían hecho muy populares. Algunos de ellos surgidos de talleres impartidos por escritores para personas como ella que se querían iniciar en el mundo de la escritura. En algunos de esos talleres existía la posibilidad de participar online, lo que a Laura le pareció una gran idea, y salió de la librería con 4 de los libros que Raquel le había sugerido, prometiendo que volvería. Se despidieron deseando ver en poco tiempo una novela suya en su escaparate en lugar preferente, y ofreciéndose con mucho gusto a leer lo primero que escribiese.
Final
Raquel releyó varias veces estos últimos párrafos que había escrito, la alumna había cambiado los papeles con la profesora. Seguro que a Laura le gustaría este final.
Sonó el timbre del interfono, Pedro estaba en la puerta esperándola para tomar el café de costumbre antes de ir al taller de su padre donde trabajaba. Raquel bajó y se lo encontró con una carpeta bajo el brazo, la carpeta que hacía una semana ella le había entregado con un puñado de folios en los que se había decidido a plasmar todas las historias que hasta ahora le bullían en la cabeza y nunca se había decidido a recoger en un escrito. Muchos personajes sin conexión alguna, sin un hilo que pudiese dar coherencia a un relato que tuviese la suficiente consistencia para superar al menos unos pocos folios, pero con los que finalmente creía haber hilado una novela corta.
Se dirigieron al café de Juan, frente al edificio donde vivía Raquel, al entrar, desde la barra les preguntó con la mirada si serían los dos cafés de costumbre, largo para ella, corto para él, y así sería. Se sentaron en una mesa cerca de una ventana, desde la que se veía la gente deambular, de vuelta a las tareas vespertinas. Pedro dejó la carpeta sobre la mesa y dirigió su mirada a los carteles que colgaban en las paredes del local, carteles de películas antiguas, de la época en que el hermano de Juan regentaba un pequeño cine de barrio. Quién podría imaginar que Juan fuese a cambiar esos pósteres por fotografías en blanco negro minimalistas, un local donde las sillas y las mesas lucían la propaganda de una popular marca de cerveza, y Juan un hombre encantador, a punto de jubilarse cuya principal preocupación era su hijo, más preocupado por las motos que por el bar del que un día no muy lejano tendría que hacerse cargo si no cerrarlo.
Raquel miraba a Pedro esperando saber qué le había parecido lo que podría pasar por su primera novela corta. Escudriñaba en sus ojos qué podía haber sentido siendo uno de los personajes principales de su novela. En la mirada de Pedro había admiración y sorpresa, al descubrir cómo había transformado Raquel sus vidas en una realidad paralela ficticia, pero rica en vivencias de otra historia posible.
En ese momento miraron a través de la ventana y vieron a Laura levantando la persiana de la librería que había frente al edificio de Raquel. Una señora muy entrañable, a la que Raquel admiraba por su amabilidad, para cualquiera que entrase a su establecimiento tenía un buen libro que aconsejar, y las conversaciones con ella eran tertulias muy estimulantes. Pedro sabía bien el cariño con que Raquel hablaba de ella, y que en muchas ocasiones había fantaseado con ocupar su lugar, haber leído tanto como ella había leído, una mente que atesoraba miles de historias fantásticas, dramas, crímenes, intrigas, personajes psicóticos…; pinceladas de historias que sabía entremezclar para dirigir tu atención hacia uno u otro autor, hacia la novela negra, el teatro o el ensayo.
Salieron del café y se dirigieron directamente a la librería, a dejarle a Laura la carpeta con los folios que había escrito, tal como le había prometido, si había sido capaz de escribir ese relato era gracias a sus consejos. Personajes, lugares, acontecimientos, diálogos, escenas, todo podía ser completamente figurado, o transformado a partir de su propia realidad en una historia paralela, y así es como había construido este relato de ficción a partir de sí misma. Había releído varias veces su historia y con cada lectura se sorprendía a sí misma.
Laura contemplaba la carpeta con una mezcla de respeto y emoción. Cuando Raquel se la entregó, apenas cruzaron palabras, no hizo falta; en su rostro se leía la ilusión y la dedicación con la que se había enfrentado a esa tarea. Laura estaba segura de que cada página, cada párrafo, eran el reflejo del espíritu creativo que Raquel había ocultado durante mucho tiempo y ahora se abría dando su fruto.
Pedro sabía que su padre no le reprocharía si esa tarde se retrasaba, era un buen mecánico que sacaba la faena adelante con gran eficacia, y desde que trabajaba con él había aumentado la carga de trabajo. Un buen mecánico, y en la historia de Raquel sociólogo encargado de mejorar el ambiente de trabajo de las empresas, sorprendente. Cogió la mano de Raquel y la llevó a recorrer las callejuelas del casco antiguo, calles estrechas y empedradas, por la que apenas pasaba algún vehículo de reducido tamaño. Alguna parte de la historia que había imaginado y escrito Raquel podría hacerse presente en sus vidas.
Andando unas calles llegaron al callejón del Rubio, nombre de un conocido bandolero que merodeaba por los montes de alrededor, y del que la leyenda popular decía que en esa calle estaba la casa donde nació y vivieron sus padres. La calle fugitivo, porque por allí corrieron muchos milicianos al acabar la guerra civil a buscar refugio en el monte, donde encontraron la ayuda del Rubio, permaneciendo ocultos entre los riscos hasta que el ambiente se fue pacificando, algunos volvieron, otros acabaron huyendo a Francia. O la calle ancha, por donde subieron hasta la ermita de la Virgen de la Peña; una vez allí pararon frente a un caserón grande, abandonado, con un portón doble de madera tallada, aunque envejecida por la carcoma. Esa casa, como tantas otras de esa barriada, atesoraría vivencias como las descritas por Raquel, por los huecos de una ventana que quedaba entreabierta se veía una chimenea con unos cuantos troncos que en su día quedaron a medio quemar, como esperando a que les arrimasen una cerilla, algunas piñas con las que prender rápidamente y una orza en la que cociese a fuego lento el puchero.
Dirigieron su mirada a la reja que cubría la ventana de la planta superior de la que colgaba un cartel medio caído con el texto escrito a mano de SE VENDE y un número de teléfono que no era de un móvil, era un teléfono fijo. Llamaron y al cabo de unos segundos sonaron los pulsos acompasados del tono en espera.
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