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Capítulo 4

Parte 3

Si alguien necesitaba algo de Villares de Arriba, el contacto es un hombre al que llaman el Rubio, a sus 85 años ha ido enterrando a todos los de su quinta, aunque si le preguntas la edad te dice que ya perdió la cuenta, desde el día que pensó que alguien allí arriba se había olvidado de él. El último que faltó fue Manuel, con el que todas las tardes se sentaba al sol, y repasaban minuciosamente la vida de un pueblo que en sus mejores tiempos llegó a tener 1200 almas, con un puñado de chiquillos que correteaban por sus callejas.

El Rubio había sido el pedáneo del caserío, conoció a todos sus vecinos, y ahora se encargaba de “echarles un ojo a las casas” como él decía, casas que, tras un largo periodo de abandono, estaban siendo compradas por gente de la ciudad, para acudir a ellas fines de semana, o vacaciones. Algunos, con el tiempo, han decidido cambiar la ciudad por la sierra y se han instalado definitivamente allí. Todos quieren al Rubio porque es de buen conversar, y cuenta una y otra vez las historias de los antiguos habitantes del pueblo de forma que siempre introduce nuevas anécdotas. El Rubio no había perdido la cuenta de sus años porque la cabeza no le funcionase, no se olvidó de llevar la cuenta del calendario porque esperase su billete de ida, simplemente siente que el tiempo ya no corre para él.

Si el Rubio es un buen contador de historias, su desaparecido amigo Manuel era la historia del pueblo. Por esa sierra pasaron durante la guerra y la posguerra tanto milicianos, como falangistas o requetés. El movimiento de personal era continuo, según como avanzaba la contienda eran unos u otros los que buscaban refugio entre los peñascos de aquellos parajes, y a todos echaba una mano. El Rubio era 15 años menor que Manuel, y solo recuerda el conflicto como un juego de chiquillos; veían pasar soldados armados, y los chiquillos los imitaban parapetándose entre la maleza y usando varas a modo de fusil con los que lidiaban sus propias contiendas. Cuando se encontraban con un grupo de militares les preguntaban que cuál era el saludo pertinente, la mano alzada o el puño cerrado, los chiquillos no entendían de buenos y malos, ni de quién iba ganando una guerra que perdieron todos. Por su parte Manuel los veía a todos iguales, a la sierra llegaban pocas noticias y no se sabía ni el quién, ni el porqué del conflicto, solo veían que peleaban gentes que unos años antes compartían unos vinos en la taberna del pueblo.

Al acabar la guerra, en los caseríos que rodeaban el pueblo se dio cobijo a muchos que buscaron donde refugiarse a la espera que la situación cambiase, otros terminaron huyendo al extranjero. Uno de ellos fue Paco, el abuelo de Raquel, que al haber luchado en el frente republicano tuvo miedo de las represalias y, aunque estuvo un tiempo escondido en el monte, junto con un puñado de milicianos buscaron la seguridad del exilio.

En Villares de Arriba quedaron su madre y su abuela y conservan la casa en la que vivían y a la que acuden siempre que pueden. Allí tenían algunos animales, cabras y algunas vacas, además de gallinas y conejos, una quesería les permitió una vida holgada y tranquila.

Su abuelo Paco cuenta que acabó en un campo de refugiados del sur de Francia, donde lo pasó muy mal por las pésimas condiciones en que vivían, al acabar la guerra de Europa se trasladó a Toulousse, donde trabajó en una fábrica de motores unos años. Las cartas que le llegaban desde el pueblo le decían que no parecía que su nombre estuviese entre guerrilleros republicanos buscados y después de 10 años nadie había ido preguntando por él. Decidió hacer la maleta con las pocas pertenencias que tenía y regresó a casa.

En los años sesenta se trasladaron a la ciudad y con el dinero de la venta de los animales y lo ahorrado montaron una tienda donde sobre todo vendían material de papelería, revistas y prensa. Fue Raquel la que terminó transformándola en la concurrida librería que es hoy, donde organiza presentaciones de libros, diversos coloquios y debates; en uno de ellos es donde conoció a Pedro, con el que ha decidido casarse por fin.  A Pedro también le gusta la vida tranquila en el pueblo, y esperan poder hacer su vida allí, las carreteras han mejorado mucho, y en 15 minutos pueden bajar a la ciudad, aunque por su trabajo, con una buena conexión a internet podrá trabajar muchos días desde casa, y las visitas a las empresas obligan siempre a traslados más largos, lo mismo viviendo en la ciudad que en el pueblo. Y si como parece, los vecinos de Raquel, Antonio y Rosa también se trasladan al pueblo con las niñas y su nuevo hijo, estarán bien acompañados.