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Capítulo 12

Final

Raquel releyó varias veces estos últimos párrafos que había escrito, la alumna había cambiado los papeles con la profesora. Seguro que a Laura le gustaría este final.

Sonó el timbre del interfono, Pedro estaba en la puerta esperándola para tomar el café de costumbre antes de ir al taller de su padre donde trabajaba. Raquel bajó y se lo encontró con una carpeta bajo el brazo, la carpeta que hacía una semana ella le había entregado con un puñado de folios en los que se había decidido a plasmar todas las historias que hasta ahora le bullían en la cabeza y nunca se había decidido a recoger en un escrito. Muchos personajes sin conexión alguna, sin un hilo que pudiese dar coherencia a un relato que tuviese la suficiente consistencia para superar al menos unos pocos folios, pero con los que finalmente creía haber hilado una novela corta.

Se dirigieron al café de Juan, frente al edificio donde vivía Raquel, al entrar, desde la barra les preguntó con la mirada si serían los dos cafés de costumbre, largo para ella, corto para él, y así sería. Se sentaron en una mesa cerca de una ventana, desde la que se veía la gente deambular, de vuelta a las tareas vespertinas. Pedro dejó la carpeta sobre la mesa y dirigió su mirada a los carteles que colgaban en las paredes del local, carteles de películas antiguas, de la época en que el hermano de Juan regentaba un pequeño cine de barrio. Quién podría imaginar que Juan fuese a cambiar esos pósteres por fotografías en blanco negro minimalistas, un local donde las sillas y las mesas lucían la propaganda de una popular marca de cerveza, y Juan un hombre encantador, a punto de jubilarse cuya principal preocupación era su hijo, más preocupado por las motos que por el bar del que un día no muy lejano tendría que hacerse cargo si no cerrarlo.

Raquel miraba a Pedro esperando saber qué le había parecido lo que podría pasar por su primera novela corta. Escudriñaba en sus ojos qué podía haber sentido siendo uno de los personajes principales de su novela. En la mirada de Pedro había admiración y sorpresa, al descubrir cómo había transformado Raquel sus vidas en una realidad paralela ficticia, pero rica en vivencias de otra historia posible.  

En ese momento miraron a través de la ventana y vieron a Laura levantando la persiana de la librería que había frente al edificio de Raquel. Una señora muy entrañable, a la que Raquel admiraba por su amabilidad, para cualquiera que entrase a su establecimiento tenía un buen libro que aconsejar, y las conversaciones con ella eran tertulias muy estimulantes. Pedro sabía bien el cariño con que Raquel hablaba de ella, y que en muchas ocasiones había fantaseado con ocupar su lugar, haber leído tanto como ella había leído, una mente que atesoraba miles de historias fantásticas, dramas, crímenes, intrigas, personajes psicóticos…; pinceladas de historias que sabía entremezclar para dirigir tu atención hacia uno u otro autor, hacia la novela negra, el teatro o el ensayo.

Salieron del café y se dirigieron directamente a la librería, a dejarle a Laura la carpeta con los folios que había escrito, tal como le había prometido, si había sido capaz de escribir ese relato era gracias a sus consejos. Personajes, lugares, acontecimientos, diálogos, escenas, todo podía ser completamente figurado, o transformado a partir de su propia realidad en una historia paralela, y así es como había construido este relato de ficción a partir de sí misma. Había releído varias veces su historia y con cada lectura se sorprendía a sí misma.

Laura contemplaba la carpeta con una mezcla de respeto y emoción. Cuando Raquel se la entregó, apenas cruzaron palabras, no hizo falta; en su rostro se leía la ilusión y la dedicación con la que se había enfrentado a esa tarea. Laura estaba segura de que cada página, cada párrafo, eran el reflejo del espíritu creativo que Raquel había ocultado durante mucho tiempo y ahora se abría dando su fruto.

Pedro sabía que su padre no le reprocharía si esa tarde se retrasaba, era un buen mecánico que sacaba la faena adelante con gran eficacia, y desde que trabajaba con él había aumentado la carga de trabajo. Un buen mecánico, y en la historia de Raquel sociólogo encargado de mejorar el ambiente de trabajo de las empresas, sorprendente. Cogió la mano de Raquel y la llevó a recorrer las callejuelas del casco antiguo, calles estrechas y empedradas, por la que apenas pasaba algún vehículo de reducido tamaño. Alguna parte de la historia que había imaginado y escrito Raquel podría hacerse presente en sus vidas.

Andando unas calles llegaron al callejón del Rubio, nombre de un conocido bandolero que merodeaba por los montes de alrededor, y del que la leyenda popular decía que en esa calle estaba la casa donde nació y vivieron sus padres. La calle Fugitivo, porque por allí corrieron muchos milicianos al acabar la guerra civil a buscar refugio en el monte, donde encontraron la ayuda del Rubio, permaneciendo ocultos entre los riscos hasta que el ambiente se fue pacificando, algunos volvieron, otros acabaron huyendo a Francia. O la calle ancha, por donde subieron hasta la ermita de la Virgen de la Peña; una vez allí pararon frente a un caserón grande, abandonado, con un portón doble de madera tallada, aunque envejecida por la carcoma. Esa casa, como tantas otras de esa barriada, atesoraría vivencias como las descritas por Raquel, por los huecos de una ventana que quedaba entreabierta se veía una chimenea con unos cuantos troncos que en su día quedaron a medio quemar, como esperando a que les arrimasen una cerilla, algunas piñas con las que prender rápidamente y una orza en la que cociese a fuego lento el puchero.

Dirigieron su mirada a la reja que cubría la ventana de la planta superior de la que colgaba un cartel medio caído con el texto escrito a mano de SE VENDE y un número de teléfono que no era de un móvil, era un teléfono fijo. Llamaron y al cabo de unos segundos sonaron los pulsos acompasados del tono en espera.