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Capítulo 11

Parte 10

Pasadas las navidades, la vida volvió a recobrar los ritmos normales, Raquel y Clara habían quedado para desmontar la exposición de fotografías, que había sido todo un éxito, sólo quedaban tres sin vender. Juan, el dueño de un restaurante cercano, visitó la exposición en varias ocasiones, estaba muy interesado por el trabajo de Clara, y quería hablar con ella para encargarle una serie fotográfica, con las que decorar las paredes de su establecimiento. Juan quería conocerla personalmente, y que ella fuese partícipe de sus anhelos, que viese la distribución del local, los diferentes salas y ambientes donde quería crear espacios únicos y diferenciados, y en cada uno de ellos colocar fotografías que inspirasen atmósferas sugerentes, los comensales sentados a la mesa se sentirían inmersos en un relato creado de la contemplación de esas imágenes. Y después de ver la exposición, Juan confiaba plenamente en Clara para esa tarea.

La decoración del local era minimalista, salas con mucha luminosidad y de techos altos, mucha luz oculta que contrastaba con unas pocas lámparas antiguas y recargadas, estratégicamente colocadas, que decoraban sin apenas contribuir a la iluminación de las salas. Clara sugirió fotografías de gran tamaño, de formato vertical, con un tema de fondo en blanco y negro, que quedase difuminado, pero definido por unas líneas apenas perceptibles que les diesen profundidad, y en el punto de fuga de la imagen, como una fotografía superpuesta, un motivo perfectamente enfocado, monocolor, pero de tonalidades vivas contrastando con el blanco y negro del entorno, que atrajese la atención de los futuros comensales en un trance hipnótico pero al tiempo desinhibidor, que les obligase a fijarse en la imagen sin exigirles una atención desmedida, simplemente una primera llamada de atención que estimulase su curiosidad sin plantear acertijos complejos.

La conversación posterior entre los tres, alrededor de un café fue muy amena, Raquel asistía al diálogo entre Juan y Clara como una espectadora en una función de teatro, parecía un ensayo de un diálogo entre dos personajes con un guion previamente establecido, de un escritor que tuviese previsto el desenlace. Las ideas fluían entre los dos, como si se conociesen de tiempo atrás y Clara solo necesitase una leve sugerencia de Juan para empezar a argumentar sobre ella elaborando posibles bocetos que para Juan resultaban admirables escenarios que ya se imaginaba luciendo en las paredes del restaurante.

Raquel se despidió de los dos, lamentaba ausentarse de charla tan amena y sugerente, que seguro continuarían un rato más, pero había dejado sola a su madre en la librería, y aunque confiaba en ella, sabía que muchos de sus clientes entraban esperando encontrarla a ella, para conversar sobre las últimas novedades de las editoriales, muchas veces algún cliente, después de una larga charla, se había ido sin comprar nada absorto por la conversación, en esos casos era muy común que inmediatamente después de salir y cerrar la puerta, volviese recordando que su intención era comprar un libro.

Esa mañana fue muy tranquila, y la dedicaron a retirar los adornos navideños que ya no lucían como el primer día, habían pasado de ser motivo de celebración, a sucumbir en la desidia, parecían pedir a gritos ser retirados y guardados hasta el próximo año. Lo mismo ocurría con las luces de Navidad que habían engalanado las calles esos días, ahora, apagadas, parecían hasta aburridas, atemporales, mientras no fuesen retiradas parecían suplicar a los viandantes que no les prestasen atención, que las ignorasen.

Ya se acercaba la hora de cerrar cuando entró una mujer, aparentaba avanzada la cincuentena. Avanzó hacia ella muy decidida, no sabía qué buscaba, pero sí qué quería. Se había jubilado recientemente, por lo que Raquel pensó que había errado al calcular su edad. Se presentó, su nombre era Laura, le comentó que a lo largo de su vida no había sido una gran lectora, pero en su cabeza bullían historias inconexas, tanto estando despierta como en sueños, muchos de los sueños que tenía mientras dormía, permanecían en su mente cuando despertaba, y se recreaba con ellos. En ocasiones pensó coger papel y un bolígrafo, y reconstruir con ellos las historias que divagaban por su cabeza incoherentes y transformarlas en un cuento y por qué no una novela.

Pidió consejo a Raquel sobre libros de relatos breves, pensó que podía empezar escribiendo historias cortas, no se veía capacitada para guiar una serie de personajes en una historia que tuviese que ocupar 100 páginas, ni siquiera algunas decenas. Leer cuentos no infantiles, o novelas cortas, analizar su estructura, le podrían servir para iniciarse en esa tarea de escribir.

Raquel le recomendó las novelas ejemplares de Cervantes, y algunos libros de relatos breves que se habían hecho muy populares. Algunos de ellos surgidos de talleres impartidos por escritores para personas como ella que se querían iniciar en el mundo de la escritura. En algunos de esos talleres existía la posibilidad de participar online, lo que a Laura le pareció una gran idea, y salió de la librería con 4 de los libros que Raquel le había sugerido, prometiendo que volvería. Se despidieron deseando ver en poco tiempo una novela suya en su escaparate en lugar preferente, y ofreciéndose con mucho gusto a leer lo primero que escribiese.