Asincronías
La conferencia era a las 11 de la mañana, esta noche había dormido poco, en su cabeza iban y venían desordenadas las frases de una exposición que sobre el papel tenía bien planteadas. Sería un punto y seguido en su carrera que seguro le abrirá nuevos caminos, y debido a su importancia cada coma, cada énfasis y cada silencio, habían sido medidos con precisión. Todo bajo control.
El último trago al café antes de salir de casa, recoge la taza y el plato, al acercarse al fregadero se le resbalan de la mano, un movimiento brusco con el brazo e intenta cogerlos al tiempo que se rompen y se corta en un dedo. Sangra en abundancia y se dirige al hospital. En la sala de espera conoce a la que sería su mujer, con la que ha tenido dos hijos y que falleció hace un mes.
Anda por la acera, la calle le es familiar, es en la que vivía y jugaba con sus primos todos los días. Lleva un balón bajo el brazo y le acompaña su primo Antonio. Su madre les espera en casa, habrá preparado como cada tarde los tan deseados bocadillos de crema de cacao. Llega a la puerta, está abierta, se asoma y dentro nada le es familiar. No están los muebles de siempre, los que la habitan son extraños. Sale a la calle y vuelve a ser la calle de siempre, por la que pasean los vecinos de siempre, en la que juegan sus amigos, que le saludan. Vuelve la mirada a la casa y la fachada es la misma, pero dentro la historia es otra.
Subido a una silla intenta arreglar la persiana, la ventana está abierta, hace calor, intenta desatornillar el tablero, pero el destornillador se resbala y cae por la ventana. Se acabó, o no, porque arrastra el bolígrafo sobre un papel en blanco y va construyendo esta historia, que puede ser una historia paralela, o no.
La historia es el camino que nos ha llevado hasta ella, la contamos como perfecta, pero no lo es. Una taza rota, la ventana abierta, la sala de espera del hospital, una secuencia de sucesos entre los que vagamos hacia un destino que nunca existe, porque solo conoceremos la historia pasada. Fueron infinitos los senderos, y nuestros pasos los fueron recorriendo. Construimos una historia y dejamos de lado… ¿Cuántas?
La conferencia se quedó sin dar, uno de sus hijos se fue a Perú, en una playa montó un negocio de alquiler de tablas se surf. Se jubiló y su hijo le pidió que se fuese con él, le echaría una mano con el negocio. Él trabajaba de bibliotecario, ahora, sentado en una silla de playa contempla la violenta batalla que se desata entre el viento, las olas, y la vela tensada por los surfistas que se resuelve en un balanceo suave de la tabla que se desliza sobre el mar. Y su mujer, a su lado.