Cuando Raquel y Pedro entraron por primera vez en la casa del tío Roque, fue como adentrarse en un tiempo diferente al actual. Aunque la casa había sido utilizada esporádicamente por sus familiares, los muebles y cortinas, la chimenea y la cocina, estaban tal y como podrían suponer que estarían la primera vez que la casa fue habitada. Los armarios y cajones de las habitaciones aún contenían las ropas y utensilios usados por el tío Roque. Era necesario hacer una limpieza en profundidad, pero la casa entera aún parecía esconder muchas historias por descubrir. Tirar algunas de sus pertenencias era como borrar una página de la rica memoria que atesoraba la casa. Por eso querían ser muy cuidadosos con los cambios que querían hacer.
Al contemplar las sillas bajas de anea al lado de la chimenea, oscurecidas tras los años por el humo, ya desgastados los asientos, imaginaban las tardes en que el tío Roque pasaría junto al fuego, contemplando las llamas de la lumbre, echando más maderos cuando esta se iba extinguiendo para luchar contra las tardes frías de invierno, o moviendo las migas de pan en una sartén.
Las trébedes, las tenazas, o el atizador, se mostraban más que como elementos decorativos, como accesorios desgastados y tiznados por el uso, con los que el tío Roque lucharía al tiempo que removía las brasas, avivaba un fuego a punto de apagarse o buscaba la mejor lumbre para colocar a punto una sartén o una orza donde se cocinase un puchero, dedicándole las dos o tres horas de rigor, rellenándolo periódicamente de agua hasta que los garbanzos, y el companaje estuviese en su punto de cocción, porque lo que no había entonces era prisa, y lo que sobraba era tiempo.
En un rincón del desván, sobre el polvo acumulado por el paso del tiempo se había tejido un manto de telarañas que cubría las orzas de barro donde en su día se conservarían las morcillas y chorizos en aceite, o los tarros de cristal para las olivas de puñetazo, como allí llamaban a las olivas partidas que en el pueblo acostumbraban a aliñar con tomillo, agua, vinagre y sal. Las vigas que atravesaban el desván mostraban las huellas del pringue de los embutidos que durante muchos años colgaron para curarlos expuestos al aire gélido del invierno.
Olvidado en un rincón dormitaba un baúl lleno de recuerdos que, al abrirlo, bajo algunas mantas y colchas viejas, contenía dos cajas con cartas, algunos documentos y fotografías antiguas. Un tesoro que Raquel conservaría para ir redescubriendo más adelante; no había prisa, el tío Roque sería contemporáneo de su abuelo Paco, y ahí tenía la posibilidad de viajar en el tiempo y revivir historias pasadas de los habitantes de ese pueblo.
A Pedro también le atraían los muebles de la casa, y de ninguna manera se iba a desprender de ellos, la madera y su diseño recordaban a los tiempos en que las cosas se hacían para durar. Con paciencia y dedicación, lijaría, repararía y barnizaría cada pieza, devolviéndoles su antiguo esplendor. Algunos estaban muy deteriorados y habría que tirarlos, pero la mesa y armarios principales tenían bastantes posibilidades.
Mientras recorrían la casa repasando el estado de las ventanas, puertas, muebles, haciendo una lista de las tareas que habría que priorizar para darle una nueva vida, se fijaron en una pequeña foto que había encima de un mueble, con un marco plateado muy desgastado, y protegida por un cristal que apenas transparentaba, se adivinaba en ella un grupo de hombres que parecían estar sentados en un prado, bajo un árbol, al parecer de cacería, porque parecía adivinarse que alguno llevaba una escopeta al hombro. Desmontaron el marco y sacaron la fotografía, y en el reverso aparecían escritos algunos nombres, entre ellos el del abuelo de Raquel, aunque en la foto no lo conseguía reconocer.
Al salir de la casa se dirigieron en busca del Rubio, al que seguro encontrarían en la taberna, único lugar de reunión en aquel lugar. Y allí estaba, sentado en una silla al lado de la puerta, apoyado en la pared al sol, con la boina reclinada para tapar los ojos, las manos sobre la empuñadura del bastón, y sobre las manos apoyada la barbilla. Le enseñaron la fotografía y, en efecto, allí estaba su abuelo con el tío Roque, pero no de cacería; sí, llevaban fusiles, pero fue durante la postguerra.
Ya no había enfrentamientos entre bandos, habían pasado algunos años del fin de la contienda, pero el hambre había traído la pillería, y, con permiso de la guardia civil, se les permitió ir armados para protegerse de los maleantes que se movían por esos parajes. Las gentes del lugar sabían lo importante que era el monte para ellos, desde la madera de los árboles, los animales, el esparto, colmenas de abejas, las fuentes de agua, algún caserío abandonado, cualquier recurso con posibilidades de ser explotado podía verse sometido a saqueo, en especial los nogales, de los que recolectaban las nueces en otoño, o las oliveras. Por eso los hombres organizaban batidas periódicas, unas veces solos, otras acompañados por algún guarda, para evitar robos.
El tío Roque y el abuelo de Raquel parecían tener una buena relación, aunque les contó el Rubio que ambos cortejaron en los años mozos a su abuela, de la que decían “era una muchacha muy apañá”. Pero no querían que esa disputa acabase con su amistad, por lo que decidieron que fuera ella quien tomara partido por uno de los dos, y aunque al tío Roque le costó un disgusto no ser el elegido, terminó resignándose, pero decidió que como no había mujer igual, no se casaría con ninguna otra, aunque por aquella época tampoco quedaban ya muchas jóvenes casaderas, la mayoría se habían ido a servir en alguna casa a la ciudad.
Raquel preguntó al Rubio por la familia que quedaba del tío Roque, les contó que tenía dos sobrinos hijos de su hermana, que pasaban esporádicamente algunos días en la casa del pueblo que ahora vendían. La hermana del tío Roque, a la que decían la mora porque era de piel muy morena, fue una de las jóvenes que fueron a buscarse la vida a la ciudad. Cuenta el Rubio que tuvo buena y mala suerte. Buena porque encontró trabajo pronto, en un taller de costura que trabajaba para la falange, cosiendo las camisas azules con el escudo del yugo y las flechas, y no le faltó faena, pudo hacerse con unos ahorros que le permitió montar su propio taller, era muy habilidosa con el bordado y la costura, y se dedicó a hacer vestidos de comunión y de novia, y adquirió mucha fama entre la gente de dinero, le llegaban muchos encargos, por lo que en el taller tenía varias aprendizas. Mala porque, según el Rubio, le secaron los sesos los de la falange, y se metió en la sección femenina, que decía le agrió el carácter, no volvió a ser la misma. Se echó de marido uno de los jefes de la Falange de la provincia, pero que al parecer no aparecía nunca por la casa, le iba en el cargo. Ni el tío Roque, ni el Rubio volvieron a tener trato con ella, ni ella quiso nunca volver por el pueblo, fueron los sobrinos los que subían alguna vez a ver a su tío, y los que se hicieron cargo de la casa cuando este faltó.
Al empezar la guerra civil, al tío Roque y al abuelo de Raquel lo reclutaron los milicianos y lo trasladaron al frente de Extremadura, allí contaba que para comer había miseria, y para cenar miedo. Como los moros tomaron rápidamente esa zona, los encerraron en campos donde recibían palizas y casi todas las noches había fusilamientos. Tuvieron la suerte que consiguieron escaparse una noche con un miliciano de Jaén, contaban que dormían de día y caminaban de noche. Pasaron mucho miedo, sabían que debían evitar cruzarse con nadie o entrar a ningún pueblo, en esos días nadie era de fiar. Solo pudieron comer algo al llegar a Jaén, a la casa de su compañero de fuga. Merodearon por la casa varios días, hasta comprobar que allí seguía viviendo su familia y era seguro tocar a la puerta, lo que hicieron bien avanzada la tercera noche. Tras un par de días, el tío Roque y su abuelo siguieron camino hasta el pueblo.
Los sobrinos del tío Roque se acercaban al Rubio para conocer la verdadera historia de su tío, para ellos esa historia se reducía a que una vez acabada la guerra cada uno se fue para su casa, esa era la versión simple que su madre les había contado. El Rubio sabía lo importante que era rescatar la dignidad de las vidas de todos los que habían sufrido los avatares de esa guerra, fuesen de un bando o de otro, el relato de la guerra no podía quedar en un cuento dulce y sin trascendencia, y a quien quisiese saber, él les contaría.