← En Navidad
Capítulo 8

Parte 7

Raquel y Pedro van a rehabilitar una de las casas que hay cerca de la pequeña iglesia, en la parte alta del pueblo, rodeada de calles empedradas. El Rubio fue quien les dijo que vendían la casa del tío Roque, una casa que había estado frecuentada hasta hace poco por sus sobrinos, donde acudían a pasar fines de semanas o en vacaciones, y estaba muy bien cuidada. Una casa de dos plantas en la que en la planta superior habían abierto dos grandes ventanales, uno hacia el este por el que se podía ver la fachada de la iglesia, y otro hacia el oeste con vistas al valle. La reforma no será muy costosa, aunque sobre todo el trabajo estará en el patio interior, un terreno amplio donde el tío Roque criaba cerdos y gallinas, y donde aún guardaba los aperos de las típicas matanzas que cada año se realizaban y donde acudían todos los vecinos.

Cuando se acercaba el final del año, sobre finales de noviembre, con la llegada del frío para favorecer la conservación de la carne, cada fin de semana había matanza en una casa, un trabajo colectivo, para hacer los embutidos y preparar la carne de la que se alimentarían ese año. La junta era a primera hora de la mañana, se colocaba el cerdo en un banco de madera, y el matarife procedía a la faena. Raquel recuerda con añoranza esos momentos de niña en que veía a todos los vecinos reunidos, pero con desagrado los chillidos del marrano. Recuerda los cubos donde se recogía la sangre para hacer las morcillas, y a su madre removiéndola para que no se cuajase. También tiene grabado el olor al socarrado, al quemar la piel para eliminar el pelo y dejar la superficie lisa. Recuerda que una vez abierto el cuerpo del animal, los hombres limpiaban el cuerpo del cerdo, y las mujeres los intestinos, que se emplearían después para elaborar las morcillas, chorizos y demás embutidos.

Había otro momento en que los vecinos se reunían, y era para la monda del azafrán. La rosa había que recogerla antes de amanecer, y se recogía en capazos de esparto. La monda se hacía en la casa de los abuelos de Raquel, allí acudían con los capazos llenos de rosa y las iban vertiendo sobre una mesa grande, rodeada de las mujeres que separaban cuidadosamente los estigmas del resto de la flor. Los estigmas, de un color rojo brillante, llenaban los platos que cada una de las mujeres tenían a su lado. El azafrán había que secarlo tostándolo a fuego suave para que se conservase todo su sabor, y recuerda bien el aroma del azafrán recién tostado.

Durante esas jornadas ella se sentaba al lado de su madre y atendía las conversaciones de las vecinas, en las que recordaban historias de tiempos pasados o relataban otras nuevas, que pasaban a formar parte de los relatos de años sucesivos. Así las revivía año tras año y ella las imaginaba como si las estuviese viviendo.

La tía Concha contaba que había servido durante unos años en casa de un almirante, sería o no almirante, pero ella lo describía trajeado, con su camisa blanca y su gorra de plato con un escudo bordado en oro. Vivía con esa familia en un piso grande en Cartagena, contaba que en una de las esquinas de su habitación tenía un váter, acostumbrada en el pueblo a salir al corral para hacer sus necesidades, eso era todo un lujo para ella. La vida la hacía entre su habitación y la cocina, a la que accedía directamente desde su habitación. Para entrar y salir de la casa lo hacía por la que llamaba la puerta de servicio, que salía de la cocina directamente a la escalera. Por supuesto esa escalera no era por la que entraban los dueños de la casa, la llamaban la escalera del servicio, y aunque era un sexto piso, en esa escalera no había ascensor. En la escalera principal sí. La tía Concha le echaba ingenio, y se inventaba historias penosas para enternecer al portero de la finca para que le dejase subir la pesada compra por el ascensor, unas veces lo conseguía, otras no. El portero sabía si en ese momento había riesgo de que se cruzase con algún vecino y que pudiese perjudicarles.

Pero como era lógico sus relatos iban de lo buena persona y lo guapo que era el almirante, a la crítica despiadada hacia su mujer, a la que según ella le venía grande el estatus social del que disfrutaba, una pueblerina disfrazada de señorita, una fantochada. Raquel estaba segura de que la tía Concha estaba coladita por el almirante, y por supuesto celosa de su mujer.

El ingenio en los relatos de las gentes del pueblo era admirable, con vidas tan sencillas, relataban historias que adornaban cada año con nuevos matices, eran reuniones donde se mezclaban risas, suspiros y a veces hasta lágrimas.

Otra vecina sentada a la mesa mondando el azafrán era Juana, la mujer de Manuel, y como su marido, era muy querida por todos, porque no habían tenido hijos, y toda su ocupación había sido atender las necesidades de los vecinos del pueblo. Vivían del cultivo de un pequeño terreno que tenían al lado de su casa, en las afueras, y su economía familiar se basaba en el trueque, compartían el fruto de sus cosechas, acelgas, habas, coles y otras hortalizas, y como para hacer un buen guiso decían que con un buen hueso ya cogía sabor, con un poco de carne que le diesen a cambio tenían suficiente. Aunque también criaban gallinas en un pequeño corral.   

La historia que contaba la Juana era como en todas, siempre la misma, pero cada año aderezada de matices diferentes. Era una mujer dedicada a su huerto, sus gallinas y las tareas de su casa, y como era costumbre, atender a su marido, que se pasaba el día en el monte. Manuel se conocía la sierra como la palma de su mano, decía que había visto crecer muchos árboles desde la semilla, y decía la Juana que los consideraba como sus hijos. En lo más alto había construido un nevero, y aunque las nevadas no eran muy frecuentes, entre la nieve, las lluvias y el frío, conseguía suficiente hielo para las necesidades del pueblo.

También había construido un refugio, entre unos peñascos protegido del viento, donde se quedaba a dormir si en alguna de sus salidas le pillaba la noche, y que tras la guerra aprovechó para esconder algún miliciano, allí pasó unos días el abuelo de Raquel antes de decidirse a salir del país. Manuel pasó esos días con él, y cuenta que como no podían cazar para no hacer ruido y que pudiese alguien enterarse que alguien se escondía allí, pusieron trampas para cazar, tenían que estar atentos a las trampas, porque en alguna ocasión algún zorro u otro animal se había aprovechado de su captura. Al final idearon un artilugio para atrapar también al que pretendía robarles la caza.

Decía la Juana que su marido era inventor, porque siempre estaba ideando como montar un artilugio nuevo para las tareas de la casa o los trabajos que pudiese hacer por el monte. Cuenta que un día volvió magullado, porque se ató unos hierros con púas a las botas, que se sujetaban al tobillo y por debajo de la rodilla. Con ese apero pretendía subirse a los nogales para recoger las nueces antes de que cayesen al suelo y otros se las pudiesen llevar. En el primer intento de trepar a un nogal se le desmontó en invento y cayó de espaldas al suelo. Pasó varios días en casa por los dolores que tenía por todo el cuerpo.

Todas esas historias que llenaban los días de invierno, aderezadas con olor del azafrán, de los guisos a la lumbre, o el crujir de la madrea ardiendo en la chimenea, crearon la atmósfera en la que creció Raquel y que forjaron los lazos que la unían a ese pueblo que lo hacían un lugar único y entrañable. Cuando le comentó a Pedro que le gustaría vivir allí con él y a este le pareció una buena idea, ella pensó que conocer a Pedro fue lo mejor que le podría haber pasado en su vida.