El 26 de diciembre es tradición en aquel pueblo llevar en romería a la Virgen de la Peña al lugar donde, según la leyenda, apareció. La historia oral, ha transmitido de los mayores a los más pequeños, que la virgen apareció el día siguiente al día de Navidad, durante una fuerte tormenta seca. Cerca del pueblo hay un paraje al que le llaman “la peña”, una roca de unos 10 metros de altura en la que crece un alcornoque centenario, enraizado en las pocas grietas que atraviesan esa piedra. Según la leyenda, durante esa tormenta, con fuerte aparato eléctrico, un rayo partió en dos el grueso tronco de aquel árbol, y en su interior apareció esa pequeña imagen de la virgen que desde entonces ocupa su lugar en el altar de la ermita. Algunos años después, aquel alcornoque, aún partido en dos por el rayo y con sus entrañas ennegrecidas, volvió a brotar cubriendo de verde sus ramas. Hoy, como cada año acudirán con la pequeña imagen a ese paraje en romería, y una vez allí celebrarán una misa y almorzarán los típicos roscos de manteca que se elaboraban tradicionalmente en el pueblo. Una jornada de encuentros entre los vecinos que un día abandonaron el pueblo y que por estas fechas regresan, y de recuerdo de los que ya no están.
Los sobrinos de Raquel, y algunos pequeños más, aportan la nota alegre y bulliciosa de esa jornada, y como han de ser los que recojan el testigo para mantener la tradición, se les acompaña con cariño y juegos para que lleven un buen recuerdo y quieran volver año tras año. Sobre todo, porque, además, los típicos roscos de manteca salen del horno de sus padres, y serían ellos los encargados de su elaboración en un futuro, pero eso ya le verá con el tiempo.
Acompañando al cura del pueblo, detrás de la imagen de la virgen, camina Irina, con veintitantos años, pero con una expresión de una niña de diez; anda sonriente, en sus labios se adivina un susurro, canta las plegarias que envuelven el deambular de los lugareños, pero sin que salga sonido alguno, solo un susurro. Es la sobrina del Rubio, cuando sus padres y hermanos emigraron a la ciudad se fue con ellos, pero la vida entre edificios, ruidos y asfalto entristecieron su rostro. La ciudad, aun con la atención de los servicios de inclusión social, en los que habían puesto mucha esperanza sus padres, solo le generaban tensión y estrés. Decidieron que se volviese a vivir con su tío, donde fue recobrando su mirada dulce. Hoy camina entre la gente, y los niños se acercan a ella y la cogen de la mano, juega con ellos y les regaña si alguno se aleja del grupo, se sabe casi todos sus nombres porque son los asiduos a la romería todos los años, “qué guapo estás Pablito”, “cuánto has crecido Anita”, “qué pelo más bonito Rafita”, para todos tiene algún comentario mientras acompaña los rezos a la virgen.
El Rubio recuerda cuando en el pueblo, a personas como su sobrina les gastaban bromas pesadas, había un muchacho, al que llamaban el tonto del pueblo, lo acompañaban a bañar a una balsa y le robaban la ropa para que volviese desnudo, le mandaban a hacer recados absurdos, era el entretenimiento de los jóvenes del lugar, recuerda con pesar que él también participó de esas perrerías, y celebra cómo había cambiado la sociedad, hoy su sobrina era una más, cerca de los treinta años, pero una niña dulce que andaba de la mano del resto de los niños.
Irina y Raquel, siendo muy niñas, fueron a la escuela en Villares de Arriba, una escuela de la que solo quedaban las paredes exteriores y algunas ventanas destartaladas a través de las cuales se podían ver los restos de algunas mesas y sillas, y colgadas en la pared algunos papeles en los que se adivinan trazos de dibujos infantiles ocultos entre manchas de humedad y polvo, o la madera agrietada y desconchada de lo que fue una pizarra. La madre de Raquel también fue a esa misma escuela, y aunque estuvo pocos años, porque tras la guerra la escuela se desmanteló y todos tuvieron que trabajar en las faenas con los animales o los cultivos, tiene el recuerdo de dos buenos maestros que en esos pocos años les enseñaron a leer, escribir y hacer cuentas. Maestros que subían todos los días a dar clases, pero que iniciado el conflicto no volvieron. Algunos vecinos intentaron, con más buena voluntad que conocimientos, mantener recogidas a las criaturas del lugar en esa escuela, era muy importante que aprendiesen a leer, a escribir, y al menos hacer las cuentas más elementales, pero poco más pudieron hacer.
Raquel recordaba haber visto en un álbum de fotos de su madre, una foto en la que un puñado de niños sonreían a la cámara, entre ellos sus padres y muchos de sus amigos de la infancia, ahí es donde se conocieron y jugaron siendo unos niños. Ahora esperan rehabilitarla ante la llegada de nuevos vecinos al pueblo. Hay varias casas que están siendo restauradas y en una calle a la entrada de la aldea están levantando un grupo de viviendas.
Antonio y Rosa, los vecinos de Raquel en la ciudad, han invertido en una de esas casas, el terreno está al lado de lo que fue el lavadero del pueblo, y desde ahí se oye el ruido del agua correr. Los arbustos donde antes se extendían y secaban al sol las sábanas, camisas y pantalones de los vecinos, han sido sustituidos por maquinaria y ruido, pero a los ojos de Antonio y Rosa son ya la parcelita donde pronto serán ellos los que se sienten a tomar el sol y oír el correr del agua, como da al oeste verán la puesta del sol, y por las noches tienen asegurado un espectáculo excepcional al contemplar un infinito manto de estrellas atravesado por la vía láctea. Rosa quiere comprar un telescopio para viajar por los cráteres de la Luna, ver Júpiter con sus satélites o adivinar los anillos de Saturno.