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Capítulo 6

Parte 5

La Nochebuena en la casita del pueblo con la familia de Raquel resultó muy entrañable, los abuelos disfrutaron con la compañía de sus hijos y nietos, la pequeña Ana fue el centro de atención, y la apertura de los regalos que les esperaban bajo el árbol fue una auténtica batalla campal de cintas, papeles rasgados y cajas de cartón que rápidamente habría que recoger para hacer espacio donde colocar los juguetes, un correpasillos y peluches para Ana, y un juego para montar un dragón en tres dimensiones para Raúl, y la bicicleta que había insistido a sus padres que no podía faltar, porque él ya tenía claro quiénes eran los destinatarios de la carta a los reyes magos.

Acabada la cena se abrigaron, y salieron por las callejuelas empedradas hasta la pequeña ermita donde los pocos vecinos que quedaban junto a algunos visitantes acudieron a celebrar la tradicional misa de Gallo. Don Francisco, el sacerdote, ya anciano, pero con gran vitalidad, subía habitualmente a decir misa en esa capilla, y durante la última semana, había rescatado las figuras del nacimiento que guardaba en un armario de la pequeña sacristía y lo había colocado a los pies del altar. Un altar sobrio, presidido por una gran cruz de madera sin Cristo, con una pequeña virgen en un lateral, la Virgen de la Peña. El abuelo de Raquel, Paco, había acudido junto con don Francisco y el Rubio a decorar mínimamente la pequeña iglesia para esas fechas, a pesar de los achaques, esperaba con ilusión la misa del Gallo de aquel año, pero la cena, el frío que hacía y las horas pudieron con la ilusión y acabó desistiendo.  

Al acabar la misa, delante del altar se reunieron todos los asistentes, Don Francisco sacó una botella de licor de hierbas que elaboraban en una pequeña bodega del pueblo, y Lucía abrió una caja de cartón en la que llevaba rollos de almendra, mantecados de aguardiente y hojaldrados que había elaborado para la ocasión. Cada vecino aportó algún detalle, y así celebraron la llegada del día de Navidad.

Amanece en Villares de Arriba, en el valle, a lo lejos, se ve cómo se van apagando las luces de la ciudad. Es el día de Navidad, a pesar de la larga velada de la noche anterior, Pedro y Raquel se levantaron temprano, ver amanecer sobre el valle deparaba todo un espectáculo. Sentados en un banco situado sobe un peñasco, contemplaban el manto blanco de niebla que se extendía por el valle y parecía deshilacharse al ascender por los barrancos que lo rodeaban; el cielo se fue coloreando de tonos rojizos y anaranjados hasta que un tenue arco amarillo asomó sobre la niebla, anunciando la salida del Sol.

De vuelta a casa se cruzaron con el Rubio, se saludaron con un cordial deseo de felicidad para la Navidad, le preguntaron si estaba abierta la taberna del pueblo, un café con leche caliente a esas horas les vendría bien. El Rubio, como no podía ser de otra manera, tenía llaves de la taberna, y como tampoco tenía ninguna otra tarea para ese día, les abrió, y les sirvió lo que deseaban. Al poco de abrir acudió por allí el cura, que también había madrugado para preparar la romería que tradicionalmente se celebraba el 26 de diciembre.

El cura conocía al Rubio de toda la vida, eran de la misma edad y habían ido juntos a la escuela de aquel pueblo. Pronto entablaron una conversación que atrajo el interés de Pedro y Raquel.

Recordaron la historia de una familia que tenía una herrería, en un caserón a la entrada del pueblo, donde acudían desde todas partes de la comarca con caballos y mulos a herrar. El negocio era próspero, y llegada la guerra civil el trabajo no faltó, además de herrar caballos restauraba cañones, ruedas de carros, reparaba armamento, fusiles, ametralladoras, incluso le dejaban vehículos averiados a los que siempre encontraba arreglo. El problema vino una vez acabada la contienda, el dinero que había cobrado por trabajos al bando nacional tenía valor, pero el del bando republicano no, y como esa zona fue durante más tiempo roja que nacional, la mayor parte del trabajo resultó baldío.

La suerte es que allí quedó mucho material abandonado, fundieron todo el metal y lo supieron ir colocando según las necesidades del momento. Tuvieron un encargo que era muy frecuente en aquella época, necesitaban metal para hacer un busto del generalísimo para colocar en la plaza del pueblo. Y aunque tampoco pagaban mucho por aquella faena, porque se suponía que debía ser un acto de agradecimiento al generalísimo, le sirvió para estar a bien con el gobernador civil y a partir de ahí no les faltó trabajo. Uno de los últimos encargos fue suministrar tornillería para las traviesas del ferrocarril que atravesaba la comarca. 

Con ese dinero una de las hijas del herrero pudo irse a Madrid a estudiar, siempre gracias a una carta de recomendación del gobernador, ya que estaba mal visto que las mujeres estudiasen. En cualquier caso, sus pocas opciones eran estudiar secretariado, matrona o enfermería.

La otra hija, la mayor, trabajó durante un tiempo sirviendo en la casa grande, donde vivían los dueños de la mayor parte de las tierras. Quedó embarazada de uno de los hijos, o eso dijeron, porque el padre tampoco era de costumbres decorosas. Con el embarazo avanzado se la llevaron a la capital por indicación de la señora de la casa. Al nacer la criatura la dejaron en una inclusa, la madre le había cosido y bordado un pequeño ajuar, y entre la ropa guardó una medalla grabada con su nombre y una nota con la esperanza de recuperar más adelante a la niña. Pero fue imposible volver a saber de ella.  

Era la primera vez que Pedro y Raquel asistían a una de esas conversaciones de tabernas que posteriormente buscarían con asiduidad, el Rubio era buen conversador, y se deleitaba cuando había alguien desando escucharle.

Al llegar a casa contaron la historia a la familia, y la madre de Raquel recordó que la hija del herrero fue la matrona que atendió su parto, con la que había mantenido una buena amistad, pero que se casó y ahora creía que se había trasladado a algún pueblo de Asturias donde seguía ejerciendo como matrona. La otra hija estuvo trabajando en la taberna del pueblo un tiempo, a la casa grande no volvió, y al acabar la guerra civil se fue de allí, no volvieron a saber de ella.